Las urnas hablaron: verdades incómodas y lecciones aprendidas.

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Por: Ramón Elejalde Arbeláez

Varias fueron las verdades —contundentes e ineludibles— que dejó el certamen electoral del pasado 8 de marzo. Me referiré a ellas de manera breve para centrarme, sobre todo, en algunos hechos posteriores que también merecen atención.

Fueron ampliamente comentados los ilustres “chamuscados”, pero el caso más notorio fue el de Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín, quien vio naufragar la aspiración de su hermana al Senado y, al mismo tiempo, una sensible disminución de su caudal electoral. Algo no está funcionando en su estrategia política. Su distanciamiento de Álvaro Uribe —al menos en la confección de listas—, su viaje a Estados Unidos para formular denuncias y su postura frente a la paz en Medellín, parecen estar pasándole una factura costosa. A este revés se suman nombres como Germán Blanco, Luis Carlos Ochoa, Mauricio Parodi, León Fredy Muñoz y Juan Diego Gómez, así como sectores de los llamados “marianos”, Carlos Fernando Motoa y las derrotas de figuras cercanas a Efraín Cepeda, Carlos Fernando Galán, Alex Char y Dilian Francisca Toro. Todo ello se inscribe, además, en la estrepitosa caída de los partidos liberal, conservador, de la U y Cambio Radical, colectividades que parecen desdibujarse progresivamente, atrapadas en prácticas clientelistas y sin una identidad programática clara. Hoy, más que proyectos políticos sólidos, operan como maquinarias de otorgamiento de avales.

En contraste, los principales ganadores fueron Gustavo Petro, quien logró posicionar su partido como la primera fuerza política del país con una ventaja significativa sobre sus competidores. En Medellín y Antioquia —tradicional bastión del uribismo— el Pacto Histórico se consolidó como la segunda fuerza electoral, superando con amplitud a los partidos tradicionales. Álvaro Uribe, por su parte, puede considerarse un ganador relativo: pese a los pronósticos adversos, no perdió su base electoral y mantiene en Antioquia su principal fortín político. También resultó ganadora Paloma Valencia, al imponerse dentro de la consulta de la derecha.

El ascenso del Pacto Histórico y la recuperación de la imagen del presidente Petro obedecen, en buena medida, a la debilidad de la oposición. Más allá de consignas e insultos —con el repetido “Fuera Petro” como eje—, la derecha dejó de lado la construcción de propuestas capaces de persuadir a la opinión pública. En ese vacío, la crítica permanente termina reforzando la visibilidad del presidente, incluso proyectándolo como víctima frente a sectores de poder y a la política tradicional.

El viaje a Estados Unidos de un grupo de dirigentes colombianos para formular cuestionamientos también tuvo un efecto político. La coincidencia entre quienes participaron en esa gira y quienes posteriormente obtuvieron malos resultados electorales sugiere que ese gesto no fue bien recibido por amplios sectores de la ciudadanía, que terminó expresándose en las urnas.

Sin embargo, lo más preocupante es que la oposición parece no aprender de sus errores. El episodio reciente resulta, además de desafortunado, profundamente revelador. Durante una intervención en el Parque de Berrío, el candidato Iván Cepeda hizo referencia tanto a las gestas empresariales y emprendedoras de los antioqueños como a fenómenos históricos de violencia, paramilitarismo y crímenes de Estado en la región. Una afirmación que, aunque incómoda, no es ajena a la realidad. No obstante, una frase aislada —extraída de un contexto más amplio en el que también hubo reconocimiento— fue utilizada para desatar un escándalo de grandes proporciones por parte de un sector del periodismo, la dirigencia empresarial y voceros políticos.

La ciudadanía, que tuvo acceso al contenido completo de la intervención, ha reaccionado con un rechazo creciente frente a lo que percibe como una manipulación de la opinión pública. Desde hace tiempo se insiste en la necesidad de fortalecer la comprensión lectora en el país; sin embargo, lo ocurrido no parece ser un problema de interpretación, sino más bien de intención. Subestimar a la ciudadanía como fácilmente manipulable es un error que se repite y que, como ya se ha visto, termina pasando factura.

Vale la pena cerrar con una reflexión del periodista Héctor Rincón: “Cuando las evidencias desmienten las calumnias, pierden los calumniadores y aquellos a quienes supuestamente favorecen las calumnias. La distorsión del discurso de Iván Cepeda sobre Antioquia perjudica más, si le cabe, al periodismo ramplón y le suma simpatías al candidato”. Poco más hay que añadir.

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