Por: Mons. Ricardo Tobón Restrepo – Arzobispo de Medellín
Es un hecho que a todos nos preocupa la situación del país. Habría que ser ciego para no percibir la fatiga, las expectativas, las frustraciones, los temores e incluso la ira que tantas personas expresan ante la realidad social y política que vivimos. En las últimas décadas, dentro de las circunstancias que vive el mundo y tratando de afrontar el presente y prever el futuro, hemos experimentado en Colombia desafíos, búsquedas, transformaciones, inestabilidad, sin lograr tener un plan nacional consistente y estable, que haga posible el desarrollo integral en la libertad, la justicia y la solidaridad.
Los católicos, como ciudadanos que experimentamos esta realidad e incertidumbre, debemos estar comprometidos con el bien común y que hemos sido llamados particularmente a vivir como miembros de un pueblo, no podemos quedarnos inconscientes e indiferentes ante todo lo que afecta la dignidad de las personas y el futuro de la comunidad humana. Por tanto, debemos sentirnos responsables hoy cuando vemos el tejido social fracturado, los cimientos de las instituciones en tela de juicio, la violencia siempre presente y el avance de la mentira y la corrupción al servicio de intereses particulares.
Una evaluación lúcida de lo que vivimos y un compromiso serio con la misión del país nos deben llevar a redescubrir el sentido de la política. La crisis de confianza entre los ciudadanos y sus gobernantes tiene su origen en las ambiciones personales excesivas, las maniobras electorales, las promesas incumplidas, la falta de formación de la clase política, la ausencia de un plan común a largo plazo, el comportamiento populista. No es posible soñar un mundo ideal, menos cuando nuestros políticos son los que menos tienen entre todos y a los que, a veces, cada uno pide satisfacer sus propios intereses.
Si la política atraviesa una grave crisis es porque algo esencial se ha perdido. La vida comunitaria no puede prescindir de la política, que afirma la existencia de una “comunidad” que trasciende los intereses particulares y define las mejores condiciones para que el ejercicio del poder esté realmente al servicio de la vida social. En los países democráticos este poder se da en las elecciones, pero éstas deben estar iluminadas y conducidas solo por la búsqueda del bien común, por la selección de las personas más competentes, por la garantía de la institucionalidad y por la decidida cooperación de todos.
Nuestro país, como todos lo sabemos, tiene un gran potencial en distintos campos. Hay creatividad para el dinamismo económico y para diversas iniciativas solidarias. Hay experiencias y estructuras construidas con sabiduría y esfuerzo. Hay una gran reserva moral y capacidad de generosidad. Sin embargo, hay ausencias de liderazgos fuertes, buen testimonio y multiplicar y cambiar las personas que ellas por sí solas lo resuelven todo, hay manipulación de la realidad y aun de las personas a través del uso de las redes sociales, hay vacío en el campo ético por un predominio excesivo del individualismo.
Lograr un verdadero y efectivo proyecto social no puede hacerse con la simple yuxtaposición de propuestas según determinadas necesidades. La política debe afrontar este todo, la cuestión de sentido. No se trata de cómo se debe pensar, sino para asegurar un horizonte que mantenga unido y comprometido a todo el país, para garantizar que ninguno sea rechazado o excluido de esta empresa que nos necesita a todos. La cuestión de sentido ha desaparecido de la política al reducirla a proyectos y proporciones dedicados a cada vez más pequeños grupos en una realidad colectiva.
Así resulta más difícil articular la sociedad. Un “nosotros” que no es un “yo”, sino que es un proyecto de un sueño y una misión. La convivencia y la participación de todos en una obra común requieren más que un discurso general. Por tanto, antes de un período de elecciones tenemos que pensar no solo en elegir unas personas, sino en escoger un modelo de país que sea bueno para todos. Esto supone un espíritu común que va desde el encuentro y el diálogo hasta la propuesta de proyectos, conducir una verdadera acción ciudadana, proponernos una renovación moral y abrirnos todos a una dimensión trascendente de la vida. Con esos presupuestos y para mantenerlos, se eligen los mejores.

















