Por: P. Omer Giraldo Ramírez, MXY
Me encuentro por estos días en los Estados Unidos de América participando en un programa de animación misionera promovido por la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, cuyo propósito es fortalecer el compromiso misionero de las comunidades católicas de este país. Les pido una oración muy especial para que el Señor bendiga esta misión y haga fecundo este servicio evangelizador.
La Palabra de Dios en este XVI Domingo del Tiempo Ordinario nos propone dos grandes temas para nuestra oración y reflexión. El primero es la justicia de Dios, presentada en el libro de la Sabiduría y en la parábola del trigo y la cizaña. El segundo es el Reino de Dios, que crece de manera silenciosa y misteriosa en la vida cotidiana.
Escuchemos el santo Evangelio según san Mateo (13, 24-43):
«En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente:
«El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando brotó el trigo y produjo espigas, apareció también la cizaña. Los criados fueron entonces a preguntar al dueño: ‘Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?’ Él les respondió: ‘Un enemigo ha hecho esto’. Los criados le dijeron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ Pero él respondió: ‘No, no sea que al recoger la cizaña arranquen también el trigo. Dejen que ambos crezcan juntos hasta la cosecha’.»
Jesús les propuso también esta otra parábola:
«El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. Aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece se convierte en un arbusto donde vienen los pájaros a anidar.»
Y añadió:
«El Reino de los cielos se parece a la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina hasta que toda la masa fermenta.»
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
La primera parábola, la del trigo y la cizaña, nos invita a contemplar la justicia de Dios. Con frecuencia nosotros somos muy rápidos para juzgar y condenar a los demás, incluso por asuntos pequeños. Jesús, en cambio, nos enseña que el cristiano no puede convertirse en un juez impaciente que condena a diestra y siniestra.
El Señor nos revela cómo Dios permite que el bien y el mal convivan durante un tiempo. Recuerdo una frase de una hermosa canción del padre Gustavo Vélez, misionero de Yarumal, que decía: «¡Si tu Reino pudiera ser más claro y más veloz, Señor, qué bueno fuera!». Muchas veces desearíamos que desapareciera todo el mal del mundo de manera inmediata. Sin embargo, Jesús nos enseña el don de la paciencia, de la esperanza y de la misericordia.
Antes de mirar los errores de los demás, estamos llamados a reconocer nuestras propias limitaciones. El mismo Jesús nos recuerda que con facilidad vemos la mota en el ojo del hermano, pero no advertimos la viga que llevamos en el nuestro. Al final, nos asegura el Evangelio, el justo resplandecerá en el Reino del Padre.
La primera lectura del libro de la Sabiduría nos recuerda que fuera de Dios no existe nadie que cuide verdaderamente de toda la creación. Por eso, la justicia de Dios siempre está unida a su misericordia.
Las otras dos parábolas nos enseñan que el Reino de Dios actúa de una manera discreta, silenciosa y muchas veces imperceptible. Somos pequeños y frágiles como un grano de mostaza, pero Dios puede realizar grandes obras a través de quienes permanecen fieles.
Un gesto sencillo de amor, una palabra de esperanza, un acto de servicio o una pequeña obra de caridad pueden transformar profundamente una familia, una comunidad o una sociedad entera. Así crece el Reino de Dios: desde lo pequeño, desde aquello que muchas veces pasa desapercibido.
La imagen de la levadura nos ayuda a comprender que Dios transforma nuestra vida desde dentro. Cuando vivimos nuestra fe con humildad, sin buscar reconocimientos ni protagonismos, es el Espíritu Santo quien hace crecer silenciosamente el bien que sembramos, incluso en medio de ambientes difíciles, de la incomprensión o de la cizaña que encontramos en nuestro camino.
San Pablo, en la carta a los Romanos, nos recuerda que el Espíritu Santo viene siempre en ayuda de nuestra debilidad. Cuando no sabemos cómo orar o qué pedir al Señor, el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables y presenta ante el Padre nuestras necesidades más profundas.
Quiero recordar también que los Misioneros Javerianos de Yarumal, fundados por el venerable padre Miguel Ángel Builes, seguimos invitando a los jóvenes que deseen discernir y madurar con nosotros su vocación misionera ad gentes, para anunciar el Evangelio de Jesucristo en pueblos y culturas donde aún no ha llegado plenamente la Buena Nueva.
Finalmente, continuemos orando por el querido y sufrido pueblo venezolano, que ha iniciado con admirable resiliencia el proceso de reconstrucción después de los terremotos sufridos el pasado 24 de junio. Pidamos al Señor que fortalezca la solidaridad entre nuestros pueblos y conceda esperanza a todas las familias afectadas.
Que así sea.












