DOLOR DE MADRE – Crónicas de Gardeazábal

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Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

A Clara Luz en su dolor.

Pasé mi infancia y mi adolescencia en el Tuluá de la violencia. Teníamos que acostumbrarnos a la muerte hasta terminar de entender lo contagioso que resultaba ser el cuadro repetido en tantos hogares y la cara de angustia de los más cercanos: las lágrimas irrumpían entre sollozos y, a veces, entre alaridos tan dramáticos que todavía, en mi vejez precipitada, los sigo oyendo.

Eran muy pocos los que alrededor del muerto —casi siempre acribillado a balazos o desbaratado a machetazos por las hordas polarizadas— guardaban compostura o se tragaban impávidos el dolor y la protesta que los consumía.

Ya he vivido mucho y, aunque la insensatez dejó de revestirme ante la realidad de la muerte, hay cuadros que me siguen llegando muy hondo y hacen vibrar el estoicismo senil en que gentes como yo terminamos naufragando al final de la vida.

El más patético es el dolor de una madre ante la muerte de su hijo. Y cuando uno, por conocimiento o vivencia, sabe cuánto tuvo que hacer la madre para conseguir enrutar o enderezar el transcurrir del hijo desaparecido, no importan las circunstancias de su muerte.

Para la madre adolorida no hay límites que detengan su vértigo. La compensación no existe, ni siquiera cuando a la hora de nonas el balance resulte desproporcionado para la progenitora que sobrevive al hijo fallecido.

Siempre se creerán estas madres que fue poco lo que hicieron, escaso el tiempo que les dedicaron o reducido el amor que brindaron.

Es lo que llamamos dolor de madre, para significar la desmesura del sufrimiento. Y es lo que por estos días ha soportado con dignidad la otrora gobernadora de mi departamento, Clara Luz Roldán, al ver perderse en la vaguedad inasible al hijo por el que tanto se esforzó en sacar adelante.

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