V Domingo de Tiempo Ordinario
Por: P. Miguel Ángel Ramírez González
Se nos invita a festejar el 8 de febrero a los santos Jerónimo Emiliani, fundador de los padres somascos, y a Santa Josefina Bakhita. Yo les confieso que no soy “fan” de la reliquias de ningún santo, pero sí me gusta leer y conocer la luz que nos han dejado sus vidas, que deben ser un ejemplo para nostros. Comento hoy sobre la Hermana Josefina, que fue conocida como la “Madre moretta” en alusión al color de su piel. Se sabe que nació en Darfur, Sudán, aproximadamente en 1869. A los 9 años fue secuestrada por traficantes de esclavos, golpeada y vendida cinco veces en los mercados de Sudán. Luego fue comprada por un general y su mujer que diriamente la azotaba, quedando marcada para toda su vida. Fue en 1882 cuando un mercader veneciano la compró para el cónsul italiano Callisto Legnani, quien regresó a Italia debido a los conflictos de la zona, llevándose consigo a Josefina.
En 1884 Josefina llegó a Italia acompañando al que fue su quinto amo y a un amigo de este, Augusto Michieli. Más tarde Michieli se convertiría en su sexto y último “dueño”, tras llevarla a su casa como sirvienta y niñera.
Bakhita trabajó en casa de los Michieli y entabló una cercana amistad con una de las hijas de la familia llamada Minnina. Años más tarde, ambas se harían religiosas en Venecia. Fue gracias a la generosidad de la familia Michieli como Bakhita conoció a Dios y aprendió que «Él había permanecido en su corazón siempre”, aún en los momentos de mayor dolor, y que Él le había dado fuerzas para poder soportar tanto maltrato.
El 9 de enero de 1890 la santa recibió el bautismo, la primera comunión y la confirmación de manos del Patriarca de Venecia. Desde ese momento tomó el nombre cristiano de “Josefina Margarita Afortunada” (afortunada, que es lo que significa Bakhita). La ahora religiosa africana decidió permanecer en Italia, donde se sentía más segura, lejos del peligro de volver a ser esclavizada, y donde había conocido a quien estuvo esperando toda su vida: Jesús de Nazaret. Junto a Minnina ingresó al noviciado del Instituto de las Hermanas de la Caridad en Venecia, y se convertiría, años más adelante, en una integrante más de la orden, a los 38 años de edad, el 7 de diciembre de 1893.
En 1902 fue enviada a Venecia. En esa ciudad trabajó limpiando, cocinando y cuidando de los pobres. Sin hacer algo “extraordinario” -como un portento o milagro- Bakhita se ganó la fama de santa, simplemente viviendo el evangelio. Siempre modesta y humilde, mantuvo una fe firme, haciendo de su vida cotidiana algo extraordinario: su vida una bella ofrenda para Dios. Muere en 1947, el 8 de febrero en Schio, al norte de Italia, asistiendo cientos de personas a su funeral. Fue beatificada y más tarde canonizada por el Papa Juan Pablo II. Años más tarde el Papa Benedicto hablará de ella en su Encíclica sobre la esperanza. Dijo el Papa:
“Bakhita (…) solo había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban o, en el
mejor de los casos, la consideraban una esclava útil. Ahora, por el contrario, oía decir que había un ‘Paron’ por encima de todos los dueños, el Señor de todos los señores, y que este Señor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada, y precisamente por el ‘Paron’ supremo, ante el cual todos los demás no son más que míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada…”.
«Incluso más, este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba ‘a la derecha de Dios Padre’. En este momento tuvo ‘esperanza’; no solo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa”.
Añade Benedicto: “La esperanza que en ella había nacido y la había “redimido” no podía guardársela para sí sola; esta esperanza debía llegar a muchos, llegar a todos”.
A nosotros, Dios nos llama igual, cada uno en su vocación, que debe ser llenada a fuerza de gracia de Dios y esfuerzo humano, porque hay que cambiar muchas cosas al paso del tiempo en nuestro interior, para poder iluminar a los que vienen tras de nosotros. Como dice el evangelio, la luz es para iluminar las tinieblas, no para guardarla o esconderla. La fe, la esperanza y la caridad deben crecer, madurar, producir su fruto a tiempo, e iluminar a los demás; las virtudes son para usarse, no para decir que las tenemos.
Como decía Jorge Manrique, y que me gusta repetir siempre:
Recuerde el alma dormida Avive el seso y despierte contemplando
cómo se pasa la vida cómo se viene la muerte tan callando,
…
Que hay que llenar nuestra vida y así dar muerte a la muerte
Pero la pequeña vida nuestra, en medio de su fugacidad pues la muerte llaga silenciosa, debe ser llenada de obras buenas, debe ser transformada en lugar de encuentro y de perdón para el prójimo, debe ser transfigurada en luz que ilumine y en sal que de sabor a esos breves pero densos momentos, y así “dar muerte a la muerte”.
Isaías (58, 7-10) nos dice cómo: “Comparte tu pan con el hambriento, abre tu casa al pobre sin techo, viste al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano. Entonces surgirá tu luz como la aurora cicatrizarán de prisa tus heridas; te abrirá el camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu marcha. Entonces clamarás al Señor y él te responderá; lo llamarás y el te dirá: ‘Aquí estoy’”
Una vida vivida como Jesús, se transforma en una presencia viva de Él, en un “sacramento”, por decirlo de alguna manera. El Evangelio de Mateo (5, 13-16) señala que, después de predicar la nueva Ley por medio de las Bienaventuranzas, Jesús añade el sentido que debe tener la vida cristiana: ser condimento en la humanidad, ser luz para los demás; en otras palabras, ser gloria de Dios Padre.
Pablo explicaba este sentido evangélico en su segunda carta a los Corintios: “Nosotros, todos, a cara descubierta, reflejamos como en un espejo la gloria del Señor y así somos transformados en esa misma imagen, de gloria en gloria” (2 Cor 3, 18). Recordemos que cuando Moisés bajó del Sinaí, no se percataba de que su rostro se había puesto refulgente, pues había conversado con Dios. “Aarón y todos los israelitas, al ver radiante la piel de su rostro, tuvieron miedo de acercarse a él… Moisés, entonces, se puso un velo sobre el rostro” (Ex 34, 29-30.33). Este pasaje nos hace descubrir que el hombre no sale indemne del encuentro con Dios, sino que es transfigurado, tanto que irradia luz a su alrededor. San Pablo meditaba este pasaje bíblico del Exodo al escribir a su comunidad, diciendo que el cristiano debe vivir este cambio radical, y Jesús lo afirma: “… para que los hombres vea sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).
Vivimos muy poco tiempo como para posponer cada día la conversión; no importa la edad, nuestra vida debió haberse vuelto luz y sal de la tierra al paso del tiempo; llenar la vida para matar la muerte, decía Jorge Manrique. Nuestra oscuridad se debe haber cambiado en luz; si no en luz de hoguera, al menos en pequeña vela que da luz a los demás.
Justo es lo que dice el profeta Isaías: “Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como mediodía”.
Nuestra cultura cree que, como la vida es breve, se debe llenar de placeres de modo que el gozo desmedido, así como la riqueza y el poder deben ser buscados obsesivamente, para llenar el vacío que se tiene y se siente. El evangelio va en sentido contrario; nos dice: vive amando y sirviendo a Dios, para que tu vida tenga sentido…
Lo que importa hacer cada día es lo que nos decía el Profeta Isaías, que podemos expresar en términos actuales: que seamos fieles a nuestra naturaleza, la cual fue creada para el bien y no para el mal. Lo que importa es que aprendamos a compartir la vida con el prójimo. Lo que importa es que podamos cambiar en algo nuestro mundo y el de nuestro hijos, en lugar de cerrar la puerta de nuestras vidas al amor por miedo a ser lastimados. Lo importante es que sepamos lo valiosísimo que es el tiempo, la salud (aunque sea poca), la familia, el trabajo, el amor, la amistad y tomarlos como lo hacemos con la Eucaristía (como un encuentro con Dios), un encuentro que nos dice que no solamente Dios es verdadero y existe, sino que cada uno de nosotros debe ser “esplendor de la gloria de Dios”.
Debemos vivir el amor intensamente para encontrarnos al final de la vida al Señor de la Misericordia, y no al Juez, que pedirá cuentas de los talentos. Sin embargo, la posibilidad de fracasar la vida existe siempre. La posibilidad de que al final, nuestra vida sea “sal sosa”, que no sirve sino para ser “tirada fuera y que la pise la gente”, puede ser realidad. Esas son expresiones de Jesús que hablan de juicio y de perdición final para el que ha desperdiciado la vida y no iluminó.
Cristo es la Luz verdadera, y nosotros solamente debemos llenarnos de su luz para iluminar a los demás. El día que descubramos esa gran verdad, buscaremos la luz de Cristo para incendiar la nuestra. Santa Josefina Bakhita apenas fue una chispa de la gran luz que es Cristo, sin embargo, todavía nos llega ese resplandor de santidad con la que vivió. Supo amar a Jesús totalmente, perdonó a sus secuestradores y a quienes le hicieron tanto daño, y supo que, con su vida, tenía que llevar el mensaje del Evangelio a los demás…
Pregunto: ¿No les gustaría llegar al final de su vida con el gozo de saber que iluminaron con sus vidas a otras personas? ¿Les gustaría poder llegar al final con la alegría de haber sido luz y tierra buena para otras personas? Espero que su respuesta sea afirmativa.
Escuchaba hace unos días a la poetisa española Magdalena S. Blesa, quien leyó su poema: “Cuando muera”, pensando en que hasta en la muerte debemos iluminar y producir frutos, como luz o como tierra buena. Dice que hasta en la muerte la vida deberá dar frutos:
Cuando me muera, sembradme en un terreno fecundo Que mi muerte no sea en vano, que le dé flores al mundo Sembradme, que me convierta en azahar de limonero, que me liben las abejas, y hagan miel con mi recuerdo. Sembradme, y que las hormigas construyan en mis entrañas una despensa de trigo, para quien no tenga nada. Cuando me muera, sobradme… sembradme cuando me muera, que quiero servirle al mundo de pan y de luz de primavera.
















