Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Después de 60 años de la guerra que nos iniciaron Tirofijo con las Farc y los curas españoles con el ELN, ni las batallas se han civilizado ni los actores parecen entender la realidad de un mundo reivindicado o de una nación insensible.
El juicio público, las torturas y el fusilamiento a que fue sometido el periodista provinciano Mateo Pérez por el ejército de los traquetos de Calarcá, en Briceño, no solo es repugnante, sino que nos muestra cómo, seis décadas después, seguimos aplicando los métodos que Fidel Castro pregonó e impuso en las guerrillas latinoamericanas con sus barbudos desde las montañas de Cuba.
El episodio de Mateo avergüenza a todos los colombianos y señala como repugnante a la equivocada Paz Total, responsabilizando a Petro, a su ministro de Defensa y a Otty Patiño.
El miserable juicio de los traquetos de Calarcá nos asusta a muchos porque es la repetición absurda de los juicios públicos que realizaron los fervientes seguidores de Mao durante la Revolución Cultural de China.
Pero, de la misma manera, resulta un ejemplo de la reculada que le están pegando a Colombia cuando conocimos el juicio acallado que realizó el ELN en Arauca a los dos agentes del CTI y los dos policías retenidos por esas fuerzas herederas del cura Laín y del padre Pérez desde mediados del año pasado.
No los condenaron a muerte, como hicieron los traquetos de Briceño con el periodista de Yarumal, Mateo Pérez. Pero los llevaron a ser víctimas de un proceso condenatorio público, por encima de las normas que todos los colombianos aceptamos y que nos hace reversar a los tiempos de los juicios sumarios de la pajaramenta del Cóndor de mis novelas.
Estamos reculando y, como van las cosas, nos van a llevar más atrás aún cuando nos obliguen, el 31 de mayo, a escoger presidente entre un marxista estalinista modelo 1955, un imitador aristócrata de Bukele y la candidata del truculento vendedor de caballos viejos.













