Las redes no votan… y el 31 de mayo varios van a despertar

TotusNoticias

Por: Aldrin García Balvin – Director de Totus Noticias

Hay algo que esta campaña presidencial está dejando al descubierto: muchos candidatos y estrategas terminaron confundiendo el ruido digital con el respaldo real. Creen que una tendencia en X significa crecimiento político. Que un video viral equivale a liderazgo. Que miles de comentarios agresivos representan fuerza electoral. Y peor aún: creen que destruir al contradictor en redes automáticamente les suma votos en las urnas.

La realidad suele ser mucho más cruel.

Colombia no elige presidente en TikTok, ni en Instagram, ni en Spaces de X donde siempre hablan los mismos. Colombia elige presidente el 31 de mayo frente a una urna, con ciudadanos reales, muchos de los cuales ni siquiera comentan política en redes sociales. Y ahí es donde varios van a descubrir que el país digital y el país real no siempre son el mismo.

Las redes sociales sirven, claro que sirven. Hoy son fundamentales para posicionar narrativas, emocionar audiencias y acelerar conversaciones públicas. Pero las redes no reemplazan el territorio, ni la estructura política, ni la conexión humana, ni mucho menos el voto físico. Un like no es un tarjetón. Un comentario no es militancia. Un seguidor no necesariamente es un votante.

Ese es el error que están cometiendo muchas campañas: enamorarse de su propia burbuja.

Hay candidatos que viven rodeados de aplausos digitales y terminan creyendo que el país entero piensa igual que ellos. Se intoxican con sus propias métricas. Celebran porque tuvieron cien mil reproducciones, porque lograron una tendencia durante dos horas o porque un grupo de cuentas atacó masivamente a otro candidato. Pero la historia política está llena de figuras “invencibles” en redes que terminaron completamente derrotadas cuando llegó el día de votar.

Porque el voto real funciona distinto.

El ciudadano que decide una elección muchas veces ni siquiera pelea en internet. Está trabajando, intentando sobrevivir, pagando gasolina, mercado, arriendo y servicios mientras las campañas se despedazan entre sí por ego. Esa mayoría silenciosa no necesariamente publica estados políticos ni responde encuestas digitales. Pero sí aparece el día de elecciones. Y cuando aparece, cambia completamente el panorama.

También hay otro problema gravísimo: algunas campañas están confundiendo la crítica con la traición. Si alguien cuestiona una estrategia, inmediatamente lo convierten en enemigo. Si alguien pide unión, lo atacan. Si alguien analiza encuestas con objetividad, lo insultan. Y ahí es donde comienzan a destruirse solos, porque terminan expulsando incluso a quienes podrían ayudarlos a crecer.

No todo el que critica odia. A veces simplemente está viendo errores que otros no quieren aceptar.

Además, existe una diferencia enorme entre un sondeo digital, una encuesta técnica y el voto real. Un sondeo en redes normalmente mide emoción o fanatismo, porque participa quien quiere participar. Una encuesta seria intenta medir tendencias mediante muestras y metodologías específicas. Pero incluso las encuestas tienen límites: son fotografías del momento, no resultados oficiales. El único dato definitivo aparece cuando se cierran las urnas y comienza el conteo.

Por eso resulta tan absurdo ver campañas celebrando anticipadamente como si ya hubieran ganado el país desde internet. La soberbia digital suele ser el primer paso hacia la derrota política. Y en Colombia ya hemos visto demasiados casos de candidatos que parecían gigantes en redes y terminaron siendo pequeños en votos.

La política sigue teniendo algo profundamente humano que ninguna plataforma ha podido reemplazar: la confianza. El ciudadano puede ver un video viral y aun así no votar por quien aparece allí. Puede seguir a un candidato y terminar apoyando a otro. Puede incluso criticar a alguien en redes y finalmente reconocerle capacidad en la urna.

Porque el voto es mucho más complejo que una tendencia.

El 31 de mayo muchos van a entender una verdad incómoda: tener bodegas no era tener pueblo; tener seguidores no era tener liderazgo; y destruir al contradictor no necesariamente significaba crecer. Van a descubrir que las redes pueden inflar egos, pero no siempre construyen mayorías.

Y ese día, cuando el país real hable, se acabará la fantasía digital y comenzará la única verdad que importa en democracia: la de las urnas.

Comparte este artículo