Amar, y nada más

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IV Domingo de Pascua

Por: P. Miguel Ángel Ramírez González

Hoy san Pedro nos dice unas cosas esenciales para estos tiempos difíciles que vivimos; dice que tenemos que “Soportar con paciencia los sufrimientos que les vienen por hacer el bien, es cosa agradable a los ojos de Dios, pues a esto han sido llamados, ya que también Cristo sufrió por ustedes y les dejó así un ejemplo para que sigan sus huellas…” (1 Pe 2, 20-25). Pero ¡qué difícil es a veces seguir sus pasos, o “soportar” con paciencia los sufrimientos! Pero Pedro sabe que todo sufrimiento, grande o pequeño, es camino de Pascua, es decir de resurrección, cuando se tiene al amor de Dios en el fondo.

Pensaba, al leer estas líneas del apóstol Pedro, sobre una nota aparecida en el periódico en tiempos de la pandemia del COVID, sobre el Padre Giuseppe Berardelli, de 72 años de edad, de la diócesis de Bérgamo, al norte de Italia, que se negó a que usaran en él un respirador que le había comprado la gente de su parroquia, y pidió que lo usaran en otra persona más joven que él. El buen sacerdote murió, no sin haber dejado un testimonio bello de discipulado y seguimiento de Cristo: aceptó el sufrimiento y la muerte, para bien de un hermano. Para mí es un ejemplo extraordinario de fe y testimonio de una vida marcada por la presencia de Cristo, lo mismo que tantos médicos y enfermeras que dieron la vida en el servicio desinteresado por los demás.

Nos decía un maestro en el seminario que un acto de generosidad no solamente puede cambiar una vida, sino que afecta el universo, pues el bien “es difusivo en sí mismo”, citando una frase de la filosofía. Pienso en el amor de Jesús por Pedro, no solamente lo moldeó, sino que lo elevó de una manera excepcional.

De cómo el bien redentor, fruto de la Pascua, actúa en la vida de los hombres, creo que casi todos hemos leído “Los miserables”, que escribiera el gran Víctor Hugo. Curiosamente, una de las escenas más importantes de la obra es la que menos se medita, y esta es la del encuentro del obispo con Jean Valjean.

Jean Valjean había salido de la cárcel después de 19 años de prisión. Había sido encarcelado por robar pan para alimentar a los hijos de su hermana, que estaban muriendo de hambre. Cinco años de condena que se fueron extendiendo a 19 por sus varios intentos de fuga. Cuando salió finalmente, nadie lo quería recibir. Víctor Hugo describe como Valjean iba de pueblo en pueblo, con su pasaporte de expresidiario y le cerraban todas las puertas hasta que un día llegó a la puerta de un obispo, Myriel quien lo recibió, le dio de cenar, y le ofreció una cama para descansar. Valjean le dice sorprendido que no entiende por qué le trata así, sabiendo quién es. El obispo le dice: “No tienes que decirme quien sois. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Esa puerta no pregunta al que entra por ella si tiene nombre, sino si tiene algún dolor. Padecéis; tenéis hambre y sed; pues sed bienvenido. No me lo agradezcáis; no me digáis que os recibo en mi casa. Aquí no está en su casa más que el que necesita asilo. Vos que pasáis por aquí, estáis en vuestra casa más que en la mía. Todo lo que hay aquí es vuestro, ¿Por qué necesito saber vuestro nombre? Además, tenéis un nombre que antes que me lo dijeseis ya lo sabía.

Valjean abrió los ojos asombrado.

  • ¿De veras? ¿Sabéis cómo me llamo?
  • -respondió el obispo- ¡Os llamo mi hermano!

Sin embargo, esa noche, mientras todos dormían, Valjean abrió el armario del obispo, tomó la platería y huyó por la ventana.A la mañana siguiente la policía lo atrapó y lo llevó de vuelta al obispo, Cuando el obispo lo vio, le dijo: “¡Oh, regresaste! ¡Qué alegría verte! Y mira, los candelabros también te los voy a regalar”. Así que fue, buscó los dos candelabros de plata y se los entregó a Valjean frente a la policía, así como si estuviese repartiendo regalos. Los policías, obviamente, soltaron a Valjean, entonces el obispo se acercó y le dijo en voz baja: “No olvides nunca que estás con la promesa de utilizar este dinero para convertirte en un hombre honrado”. Víctor Hugo narra que Valjean deambuló solo esa noche y por primera vez, en 19 años, lloró.

¿Sabían que Myriel, el obispo en Los Miserables, fue un personaje real?

Creo que demasiadas veces somos y nos compartamos por lo que nos dijeron que éramos. Escuchamos tantas veces: eres torpe, eres tonto, eres feo, eres un inadaptado, eres malo, que terminas creyéndolo. Y entonces vivimos con esa etiqueta repitiendo el papel que ya la sociedad o alguna persona nos asignó. Hasta que un día aparece alguien, un Myriel, que ve en nosotros algo que ni siquiera nosotros habíamos visto, y después decimos que esa persona nos cambió la vida. Tal vez nos recordó el atísimo valor que tenemos a los ojos de Dios. Nos obligó a reconocernos desde otra perspectiva, porque el obispo no le dio a Valjean solo unos candeleros de plata, le dio una posibilidad nueva de mirarse a sí mismo bajo la mirada de Dios.

Cuando alguien ve lo grandioso que hay en ti, eso te cambia. Jesús vio de manera diferente a unos pescadores y los llamó como discípulos; a la mujer del pozo la vio como una mujer con dignidad, y esta cambió; a Nicodemo y tantos otros cambiaron sola por la mirada amorosa de Cristo; a Dimas lo hizo el primer santo del calendario cristiano, prometiéndole un lugar en su Reino. Luego, el Señor resucitado, les descubrió a los apóstoles cuánto amor hay en Dios por la humanidad, tanto amor que, dice san Juan, mandó a su Hijo a este mundo. Tanto amor, que murió y resucitó por cada uno de nosotros. Tanto amor que nos quiere regalar la resurrección ¡Pero, tragedia de la cristiandad, no terminamos de creer esta gran noticia!

El obispo le mostró lo que es vivir bajo la gracia de Dios, y que la fe y el amor son redentores, pues nacen y llevan a Dios. Las palabras del obispo le dice a Jean Valjean son impresionantes, casi como si Cristo no las dijera a cada uno de nosotros; en el musical, Myriel le dice: “… hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios”.

El mismo Victor Hugo escribe sobre la escena, explicando la acción del obispo, de la siguiente manera: “Él prefería la travesía que abrevia: el Evangelio. No trataba de hacer en su casulla los pliegues del manto de Elías, no proyectaba ningún rayo del porvenir sobre los vaivenes tenebrosos de los acontecimintos, no trataba de condensar en llama la luz de las cosas, nada tenía de profeta y nada de mago. Aquella alma humilde amaba y nada más”.

El Padre Berardelli al ceder el respirador a un hombre joven, dando una oportunidad de vida, o el obispo, personaje en los Miserables, actuaron según el evangelio, según el Buen Pastor. Son formas de amar, son formas de regalar semillas de resurrección. Ellos, como el Señor Jesús, “amaban, y nada más” y su amor se convierte en salvación para otros. Pero el fundamento es Cristo, pues “por sus llagas han sido curados”, como decía san Pedro.

La Resurrección no solamente fue un evento histórico que sucedió hace dos mil años, sino que es trans-histórico, afectando y transformando la existencia de todos los que aceptan a Dios en sus vidas. Cristo es la “puerta del redil”, Él es el Buen Pastor, diciendo a cada hombre que pisa la tierra: “Yo he venido a que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).

Cuando se tiene una vida cimentada en la fe, como dice san Pedro, en seguimiento de Cristo, se trata entonces de una vida verdaderamente cristiana y plenamente humana. Pero es necesario que descubramos ciertas verdades esenciales, y que podemos ver en las palabras San Pedro:

  1. Lo fundamental es que, desde siempre, todos hemos sido “llamados” por Dios a varias cosas, y en ellas descubrir su voluntad: a la vida, a la felicidad, a la plenitud, al amor y a comprometernos a hacer el bien;
  2. la segunda cosa es que todos valemos infinitamente a sus ojos, pues Cristo nos amó y se entregó por todos y cada uno (“Cristo sufrió por ustedes”),
  3. y, en tercer lugar, Cristo nos dejó su ejemplo, para que sigamos sus huellas, para que lo sigamos e imitemos.

Estas personas, como el Padre Giuseppe, son las que viven en una profunda dimensión de fe y no necesitan leer horóscopos ni hacerse limpias para poder encontrar una explicación de lo que les pasa en sus vidas, pues son personas que han llegado a ver su existencia como una ofrenda a Dios. Saben, que la última y fundamental razón para aceptar las cosas como son y la vida como viene, es saber que la vida es regalo de Dios y que todo lo que en ella suceda está regido por su santa voluntad.

Así es, hermanos, las palabras de la Biblia no son palabras fuera de la realidad, sino que se hunden en la vida misma de todos los hombres. Pedro lo sabía, pues él mismo lo había tenido que vivir en carne propia, por eso es que dice que debemos “soportar con paciencia los sufrimientos que les vienen por hacer el bien”. Y vaya que el buen Pedro supo crecer de la traición a la entrega, pasando de la cobardía al amor y fortaleza; de la falta de fe a la confianza; del egoísmo al amor abierto y creativo; nació pescador, pero la mirada y el llamado de Cristo lo convirtieron en su apóstol. Sabemos que la mayoría de nosotros, ante los primeros embates del mal o del sufrimiento, como Pedro, corremos acobardados y nos escondemos creyendo que con eso dejaremos pasar el problema. El Señor resucitado les enseñó que el Pastor nunca abandona a sus ovejas.

¡No estamos solos en nuestro caminar! En esta Pascua que estamos celebrando, sabiendo que somos guiados por el Buen Pastor hacia la vida eterna, hay que sentir la tranquilidad y la paz en el corazón, recordando en cada momento las palabras de Pedro: Por sus llagas han sido curados, porque eran como ovejas descarriadas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas. O, como orábamos en el Salmo

(22): aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me dan seguridad.

Termino con el gran Lope de Vega, que cantaba así a Jesús, Buen Pastor, y podemos convertirla en oración de confianza a Jesús:

Pastor, que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño; tú que hiciste cayado de ese leño

en que tiendes tus brazos poderosos.

Vuelve los ojos a mi fe piadosos,

pues te confieso por mi amor y dueño, y la palabra de seguir empeño

tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor que por amores mueres, no te espante el rigor de mis pecados, pues tan amigo de rendidos eres, espera, pues, y escucha mis cuidados. Pero ¿cómo te digo que me esperes,

si estás, para esperar, los pies clavados?

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