Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Para los lectores colombianos, que Aracataca se haya convertido en el epicentro de la guerra entre dos ejércitos de traquetos es como si nos dijeran que la guerra llegó a Macondo.
Ya no está vivo García Márquez para que acudiera a mediar entre el ejército gaitanista, llamado aún Clan del Golfo (EGC), y las Autodefensas Conquistadores de la Sierra Nevada (ACSN).
De las víctimas de la batalla que se libra desde hace varios días en el área rural de Aracataca no se conocen, por parte de los combatientes, ni números ni detalles. Ninguno de los dos bandos tiene oficina de comunicaciones y las autoridades civiles del Magdalena no pueden registrar a los traquetos muertos, porque casi siempre ellos mismos los entierran en los territorios que dominan.
Pero para las ONG y la Defensoría del Pueblo, los muertos y heridos de la población civil han sido un poco más de una docena de miembros de la comunidad Serankwa, pueblo indígena arhuaco.
Para los medios noticiosos y para los trepadores de las redes, lo importante no son los muertos, los heridos ni la población desplazada, sino la prohibición decretada por el Gobierno al Parque Tayrona, cerrando su especialidad rentable: el turismo.
Y como tanto los traquetos de la Sierra Nevada como los del Clan del Golfo tienen montados espacios de diálogo con el Gobierno nacional dentro de la llamada Paz Total, no cesan, por parte de la Iglesia y de las ONG, los llamamientos para que el gobierno Petro aproveche esa circunstancia e interceda ante cada uno de los combatientes.
Todos piden un cese al fuego, pero nadie encabeza esa misión. Y como García Márquez está muerto y desde su tumba cartagenera no puede hacerlo, parecería que a los habitantes de Aracataca no les queda más remedio que esperar la llegada de otra Úrsula Iguarán o el renacimiento del coronel Aureliano Buendía.


















