Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Cuando al presidente Petro le suspendieron la visa de ingreso a USA, como consecuencia de sus provocaciones —bocina en mano— contra el gobernante de Washington, la bulla fue magnífica y la tribu de la Casa de Nariño compitió entre ellos para ver quiénes renunciaban a ese tan anhelado visado.
Cuando Trump dio otra voltereta y resultó invitando al presidente Petro al Salón Oval de la Casa Blanca, dizque le restituyeron la visa de forma temporal (dijeron que por 10 días). Pero no hicieron lo mismo con la señora canciller, quien había engrosado la lista de los renunciantes de ese documento tan sagrado para muchos latinos.
La semana pasada, mientras sus huestes preparaban el asalto electoral para convertir al Pacto Histórico en el grupo político más votado, el presidente Petro apareció hablando en Chicago ante el cadáver del reverendo Jackson, el afro patriarca de las libertades en el racista país norteamericano.
Tal vez por el atafago noticioso de los días previos al debate electoral, nadie preguntó con cuál clase de visa ingresaba con tanta facilidad el mandatario colombiano, si había sido sancionado por los esbirros de Trump con la pérdida de su visado e incluido en la lista Clinton y, sobre todo, presentado públicamente como la víctima propiciatoria en el altar de la honestísima democracia gringa.
Le pregunté a la IA de Google y me respondió que nuestro presidente volvió a ingresar al país del norte con otra visa temporal, pero no pude saber por cuántos días.
Todo me hace pensar, empero, que Petro no es la tal víctima y que, más bien, con esa pedidera de favores ante el despacho del emperador se ha convertido en un monaguillo de las ceremonias con que el gestor de la gran guerra de Oriente preside el desorden de este mundo y sigue matando lancheros colombianos en lo que ellos llaman el Pacífico Oriental, pero que la Armada no sabe identificar plenamente y Petro prefiere callar.
Triste humillación por una visa.


















