Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Por cuenta del código electoral que nos rige desde cuando los partidos políticos todavía existían, los cinco días entre el 9 de marzo y el 13 serán definitivos para aclarar el panorama de las elecciones presidenciales. Ese día 13 vence el plazo para inscribir candidatos a presidente y vicepresidente, ya sea respaldados por firmas, por aval partidista o por resultado de una consulta.
El día 9 se sabrán la mayoría de los resultados de los comicios del día anterior y con cuántos congresistas cuenta cada uno de los grupos y de los partidos políticos. Y es en esos cinco días en los cuales la dirigencia política colombiana debe tomar las determinaciones que serán fundamentales para el éxito o el fracaso de sus candidatos a presidente.
Hasta el momento, ninguno de los candidatos en liza, que no van a consulta o que ya tienen el aval de las firmas o de alguno de los partidos inscritos, tiene candidato a vicepresidente. Se supone, entonces, que con los resultados en la mano de las elecciones de este domingo se proceda con tino, con astucia o, imbécilmente, a seleccionar quién les acompañará como vicepresidente.
El asunto no es fácil. Si miramos a los candidatos que no van a consulta este domingo, pero que aparecen mayoritariamente por encima de todos los otros en las encuestas, es obvio que deben buscar con su selección los votos que no tienen en su maquinaria.
Cepeda, por ejemplo, deberá buscar a alguien que lo acerque al centro, le contrarreste su machismo hirsuto y su inhabilidad oratoria. Abelardito tendrá, a su vez, que buscar seguramente quien le merme su imagen fantoche y ultra, haciéndole sentir a los electores progresistas que no están con él que su vicepresidente le moderará el ímpetu destripador que ha personificado hasta ahora.
Y toda esa responsabilidad de escoger acertadamente será en cinco días solamente.
En cinco días decisivos.


















