Por: Héctor Quintero Arredondo
En estos días, con motivo de la conmemoración de los 375 años de fundación de Medellín, bajo la dirección del valiente Miguel de Aguinaga, se ha escrito bastante sobre los momentos estelares de los antioqueños, muchos de ellos enmarcados en esfuerzos que este pueblo en avanzada formación (vascos, judíos, indios y negros) ha realizado.
Aplaudimos las evocaciones.
Pero, en mi juicio, ha existido una gran falencia.
No sé realizó un análisis sobre el entorno sociopolítico que permitió la realización del proceso que llevó a la provincia más atrasada del imperio español según la visión de Silvestre, al primer lugar en capacidad creadora y hasta en resistencia para los embates de sus enemigos.
Digámoslo con toda claridad: las gentes que habitamos este territorio adoramos el autogobierno, llámese autonomismo o federalismo y eso nos ha dado la fortaleza e inventiva que llevamos en las venas.
Alfazar González, tan conocedor del tema territorial, lo acaba de escribir en este medio de comunicación. Felicitaciones para el colega y amigo.
Habrá que profundizar el trabajo: estudiar con mayor rigor la creación del Estado Soberano de Antioquia mucho antes de la constitución de Rionegro en 1863, su maravilloso aire renovador, el acuerdo Berrio – Murillo Toro, entre el gobierno conservador de Antioquia y el gobierno nacional del Olimpo Radical que permitió la paz creadora hasta 1876 y quien sabe cuántos elementos positivos más.
Una reflexión final: ¿por qué a nuestra dirigencia le asusta aflorar estos conceptos y aunque sienta el autogobierno a flor de piel siguen adormilados para exigirlo?
Derribemos de una vez por todas el miedo a las instituciones autonómica o federales. El centralismo nos va a acabar
¡Autonomía o catástrofe!


















