Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Como en los últimos días el país se está desesperando mientras siente los efectos de la manera de gobernar que tiene Petro; como va descubriendo cada día nuevas conexiones de sus cercanos colaboradores con la ambición sin freno, cuando no con los ladronzuelos que se aposentaron en los cajones del gran escaparate que terminó siendo el presupuesto general de la nación; como todo eso se ha dado junto y en muy poco tiempo, y ha ido precipitándose de manera incontrolable, bien puede decirse que a Colombia la dirige un gobierno tan acosado por sus propios errores o por la crítica implacable de sus enemigos, que se ha vuelto hasta aburrido.
El asunto es que, como todas las borrascas llegan a un punto en que son incontrolables y nadie, a su vez, le simboliza al colombiano común el camino de salida, el país debe alistarse para lo peor. La pugna crecida con Trump y la injusta torpeza gringa para imponer sus criterios llevan a Petro a dar tumbos, y a muchos de sus gobernados a guardar ilusiones en una intervención imperialista del abusivo ricachón.
Mientras tanto, Petro sigue volviendo trizas lo que era un país organizado. Ha desmoronado un régimen político piramidal para entregarlo al vaivén de la mediocridad, hasta sumergirlo —sin vergüenza alguna— en un continuo irrespeto de la carta constitucional. Desbarataron el servicio de salud. Abandonaron grandes trozos del territorio a los ejércitos de los traquetos. Desampararon a alcaldes y gobernadores. Metieron la mano torcida para ordeñar cuanta teta les facilitaba el Estado, y terminaron convenciéndonos de que, antes que gobernantes, son unos vulgares robagallinas.
Han hecho perder a los colombianos la esperanza en el cambio, a costa de negarnos un futuro mejor. Toca entonces hacer el balance de esta borrasca y, como no hay quien nos alumbre —aunque sea con una linterna— el camino a seguir, habrá que rogarle a los cañones de Santa Bárbara, la patrona de las tempestades, que pare en seco la hecatombe.















