Por: Aldrin García – Director Totus Noticias
Ayer leí la carta abierta de mi amigo Luis Aníbal Rincón. Y debo decirlo sin rodeos: me representó. La suscribo, la respaldo y me uno a ella porque refleja exactamente lo que muchos sentimos, pero pocos nos atrevemos a expresar en público por miedo a la jauría de insultos que gobierna las redes.
Yo también he ejercido una oposición seria y constante frente al gobierno de Gustavo Petro. Una oposición que no grita, que no insulta, que no destruye, pero que tampoco se arrodilla. Una oposición que va a seguir —y lo digo con plena convicción— hasta el 7 de agosto de 2026. Porque considero que este gobierno ha sido un retroceso institucional y un desgaste profundo para el país. Y frente a eso, el silencio no es opción.
Pero hay algo más que quiero dejar claro, y quizá nunca lo había dicho con esta contundencia: yo nunca he defendido ni opinado sobre Abelardo de la Espriella. Nunca.
Ni en su etapa de influencer político, ni mucho menos ahora como candidato. No he sido parte de sus barras, ni he compartido su estilo, ni he celebrado su figura. Y hoy, viendo todo lo que está ocurriendo en redes, confirmo que no me gustará jamás como alternativa presidencial.
Y lo digo con fundamento. Porque no hablo solo como ciudadano, sino también desde mi perfil de periodista creativo, estratega político y comunicador, alguien que ha estudiado tácticas, que aprendió de maestros duros como J. J. Rendón y que ha acompañado todo tipo de campañas. Por eso precisamente, esta campaña presidencial me genera más dudas que certezas.
Lo que han revelado Noticias Uno y La Silla Vacía sobre la guerra sucia, las bodegas digitales y los ataques orquestados contra Vicky Dávila, Juan Carlos Pinzón y otros candidatos de derecha —solo para apoderarse de un nicho radicalizado— es sencillamente nauseabundo. Eso no es estrategia política: es degradación. Es manipular la democracia para que una sola voz se imponga a fuerza de odio, miedo y ruido.
Y frente a eso, yo también marco distancia. Como lo hizo Luis Aníbal, hoy también digo con la frente en alto: no quiero un presidente que construye su candidatura desde la mentira, la agresión y la división. Ni a Petro con su radicalismo disfrazado de cambio, ni a Abelardo con su radicalismo vestido de justicia moral.
En este punto, algunos me llamarán tibio. Lo acepto. Para muchos, el que no grita no sirve. Pero prefiero mil veces ser “tibio” y mantener la coherencia, que convertirme en un fanático incapaz de reconocer la complejidad del país. Yo creo en un Colombia donde podamos disentir sin querer destruir al otro, donde la derecha no se vuelva una secta y donde la oposición no se reduzca a insultar o idolatrar.
Por eso hoy reafirmo mi posición:
soy opositor, pero no extremista; soy crítico, pero no ciego; soy de derecha moderada, pero no manipulable.
Comparto lo que dijo Luis Aníbal porque también creo que la democracia necesita voces sensatas, no ejércitos digitales. Ciudadanos que piensen, no que repitan. Y candidatos que debatan, no que degraden.
Quizá el tiempo nos dirá quién tenía la razón.
Mientras tanto, seguiré desde mi oficio, desde mi voz y desde mi conciencia, defendiendo una oposición firme, decente y humana.















