“Iván Cepeda llama a Antioquia cuna de la parapolítica y la narcoeconomía: como antioqueño exijo respeto.”

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Aldrin García Balvin – Director de Totus Noticias

En redes se viene debatiendo con fuerza un fragmento del programa de gobierno de Iván Cepeda titulado El poder de la verdad. Un documento donde el propio candidato aparece como autor de los textos y en el que Antioquia es descrita como “cuna de la parapolítica, de la narcoeconomía y del terrorismo de Estado”.

No es un comentario improvisado ni una frase sacada de un debate. Está en un documento programático que pretende orientar lo que sería un eventual gobierno entre 2026 y 2030. Es decir, no es un error: es una visión política deliberada.

Y por eso mismo merece una respuesta clara.

Porque parece que para Iván Cepeda el país se divide en dos categorías muy simples: de un lado, quienes piensan como él; del otro, Antioquia y todo lo que representa el uribismo. Esa es la simplificación ideológica que aparece repetida a lo largo de su discurso político. Cuando no tiene más argumentos para proponer país, vuelve siempre al mismo libreto: atacar a Álvaro Uribe… y de paso atacar a Antioquia.

Pero Antioquia no es un enemigo político.

Antioquia es una tierra que ha sufrido la violencia como pocas regiones de Colombia. Aquí hubo secuestros, desplazamientos, extorsiones, masacres y terrorismo de todos los actores armados. Y mientras algunos escribían tesis ideológicas desde la comodidad de la política bogotana, los antioqueños estaban enterrando a sus muertos y reconstruyendo sus pueblos.

Reducir esa historia compleja a una frase tan brutal como “cuna de la parapolítica y la narcoeconomía” no es un análisis histórico serio. Es una caricatura política. Y una profundamente irrespetuosa.

Porque Antioquia no es un laboratorio ideológico ni una excusa para sostener el discurso antiuribista que durante años ha definido la carrera política de Cepeda. Antioquia es una sociedad viva, trabajadora y orgullosa que ha aportado al desarrollo de Colombia en todos los campos: en la empresa, en la cultura, en la industria, en la educación y en la construcción del país.

Y aquí vale decirlo sin rodeos: como antioqueño, le exijo respeto.

Respeto por una región que produce.
Respeto por una región que trabaja.
Respeto por una región que ha resistido al narcotráfico, al terrorismo y a la violencia cuando muchas otras partes del país se derrumbaban.

Es muy fácil convertir a Antioquia en el villano de un relato político. Lo difícil es reconocer que aquí también hay millones de ciudadanos que todos los días madrugan a construir país sin pedirle permiso a ningún político.

Quizás por eso ese discurso resulta tan ofensivo. Porque no habla de Antioquia con conocimiento ni con respeto, sino desde la comodidad de una narrativa política que necesita enemigos permanentes para sobrevivir.

Pero Antioquia no es el enemigo de nadie.

Antioquia es una de las locomotoras que han sostenido a Colombia durante décadas.

Y si algún candidato presidencial pretende explicar el país atacando a esta tierra, debería empezar por entender algo elemental: Antioquia no se deja definir por etiquetas ideológicas ni por frases de campaña.

Antioquia tiene carácter.
Antioquia tiene memoria.
Y Antioquia también sabe hacerse respetar.

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