2do. Domingo de Tiempo Ordinario
Por: P. Miguel Ángel Ramírez González
San Juan, al inicio de su Evangelio (Jn 1,29-34), nos narra un hecho que, por testimonio de los sinópticos y los estudios actuales de la crítica, no dejan lugar a dudas acerca de su historicidad y del punto decisivo para la vida de Cristo: San Juan el Bautista lo señaló como «el Cordero de Dios» (que equivalía decir «siervo de Dios», según Isaías), “que quita el pecado del mundo». Más adelante afirmaría que es éste quien habría de «bautizar con Espíritu Santo», tal como lo refiere el evangelio de Lucas: «Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de las sandalias. El los bautizará con Espíritu Santo y fuego. El tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue» (Lc 3, 15-18).
Después de aceptarlo como el Enviado de Dios, podríamos preguntarnos cómo fue que el llamado «Cordero de Dios» realizó su misión. De qué modo el hombre Jesús hizo realidad las esperanzas de una humanidad sedienta de perdón, de justicia, de salvación y de libertad. Desde que Juan Bautista lo señaló, Cristo se convierte también en paradigma del ser humano y del ciudadano del Reino de Dios.
Sabemos que en su actuar, Cristo realizó el plan de Dios no mediante el uso de la violencia o el poder, sino por el amor humilde y por el servicio, en especial hacia los más abandonados. Aceptó de su Padre el camino de la misericordia y del sacrificio total. Y podemos añadir que ese modo de amar y de entregarse fue único, pues no ha habido ser más libre que Cristo en toda la historia humana. En otras palabras, el camino de Jesús fue el camino difícil de la libertad, de la aceptación en la propia vida de la voluntad de Otro, pero de un modo radical; experimentó el don de sí mismo hasta la muerte por amor.
Nosotros, por nuestro bautismo, deberíamos hacer nuestro su camino: de hacernos siervos de Dios para hacer un mundo más pacífico y libre; en otras palabras, luchar por implantar el Reino del Padre. Pero, por desgracia, no ha sido así… Me pregunto: ¿Por qué en dos mil años de historia no lo hemos hecho? La razón es porque el Reino de Dios exige cristianos libres, no esclavos del pecado; hombres que aceptan a Dios totalmente, y construyen sus vidas bajo la luz de la gracia divina y el amor como entrega; pero muchos lo aceptamos este compromiso solamente en ciertos momentos de la vida o de manera parcial. Nuestra vocación es la libertad.
LIBERTAD: Una palabra tan usada en todos los textos contemporáneos que ya hasta dudaríamos que realmente hoy se entienda su significado. El teólogo Abelardo Lobato señala que:
“El cristiano que vive de la palabra del evangelio encuentra en la libertad su gran tarea. Sólo por la libertad entra en la gran historia de la salvación. Sólo desde la libertad encuentra sentido a su camino mientras realiza su itinerario terrestre. Ser llamado a la libertad es estar implicado en una constante liberación como respuesta. La libertad es como la atmósfera del cristiano. Vive desde la libertad, en la libertad y para la libertad.
Al abrir los ojos del espíritu se encuentra en un horizonte de libertad. Por eso se le pide comprensión de ella.”
Es libre quien busca alcanzar la meta de su vocación cristiana, en madurez, en entrega y en el amor. Así entendida la libertad, dice el Papa Benedicto XVI, que “si Dios existe, si se ha convertido en mi centro, entonces es posible también llegar a esta interna libertad del amor”. Dios nos mostró el camino cuando decidió no solamente hacerse hombre como nosotros, sino en subir a la Cruz, para poder llevarnos con Él al seno de la Trinidad; ese es el acto supremo de libertad en el amor.
Pero, nos preguntamos, ¿cómo vivir la libertad a la que nos llama el evangelio? En primer lugar, no es hacer lo que a uno se le viene en gana, llenando la vida de caprichitos y despilfarrando el alma. La libertad está en ser dueños de la propia vida de manera positiva. La libertad consiste en realizar el propio proyecto de vida o vocación, sin que ningún elemento o persona desde fuera lo impida, o que algo desde dentro lo devalúe; es poder colaborar en la construcción del Reino del Amor. Quien no tiene un proyecto de vida, quien no sabe lo que es y quiere ser, jamás será libre. Podrá creer que no está encadenado, pero lo está a su propio vacío. La libertad es algo que está al servicio de nuestra autorrealización, y Jesús en los evangelios no solamente se propone a sí mismo como la meta de todo deseo humano, sino como camino único para alcanzarlo.
Es curioso, pero nuestra cultura actual es la que más canta “libertad”, pero es la cultura que es más esclava de tantas cosas. Pensemos en un ejemplo: nunca como hoy podemos comunicarnos desde cualquier rincón del mundo en el instante, pero nunca como hoy llevamos inclinada la cabeza por las calles llevando el yugo del teléfono móvil, como esclavos de la tecnología. Nunca como ahora tenemos al alcance de las manos miles de textos de libros maravillosos, pero casi nadie gusta leer. Lo mismo podemos decir de las modas, de las ideologías, de la sexualidad, de la liberación femenina, etc.
Todo mundo habla de libertad. Los jóvenes quieren liberarse de sus padres o del mundo de los adultos; buscamos la libertad en la política, libertad en la información, libertad en la elección de trabajo, libertad para elegir el aborto, libertad de elegir la orientación sexual, etc. Pero es evidente que nadie es en realidad libre, pues solamente se puede ser libre en Dios.
Decía don Quijote a Sancho: «la libertad, amigo Sancho, es uno de los primeros dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la Tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el peor mal que puede venir a los hombres.»
Cristo Jesús, en solamente tres años de su vida pública, nos dejó el testimonio de lo que es vivir en plena libertad, pues ni un sistema ideológico, ni una clase social, ni el poder político ni la sensualidad, hicieron mella en su alma. Vivía en la libertad interior, y en el conocimiento de su propia identidad y de su misión.
Nunca vayamos a pensar que la libertad es una realidad aislada, sin relación a nada ni a nadie. La libertad no nos separa o distingue de los demás. Cristo «se hizo semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado«. Su libertad la expresó en su sijeción a la voluntad del Padre y en «el modo» en que vivió entre los demás, la forma de ser fiel a sí mismo, sabiendo que con cada acto suyo enriquecía al universo.
Finalmente, la libertad es un terreno vacío donde el hombre construye cada uno su propio proyecto de vida, bajo la mirada de Dios y según su querer. No es libre para sentarse a contemplar pasar los minutos del reloj de la vida, sino para construir algo bueno, en el servicio y en el amor. «Para esto vine al mundo», señalaba Jesús sabiendo lo que le deparaba al ir al Calvario, pero lo acogió «libre» y «amorosamente», ya que «no hay mayor alegría que la de aquel que da la vida por sus amigos», como dijo él mismo.
Ver a Jesús cómo vivió su libertad, es que podemos aprender a ser libres nosotros, claro, con el auxilio de la gracia. ¿Cómo?:
Jesús fue radicalmente libre
- porque se entregó a realizar la obra del Padre;
- lo fue porque libremente aceptó la muerte por los demás en un acto de amor;
- lo fue apostando por la verdad, sabiendo que esta fidelidad le llevaría a la muerte;
- respetó la libertad de Judas, aunque sabía que le entregaría;
- fue libre del rencor, pues perdonó a todos, inclusive a los que lo estaban crucificando.
- fue libre porque no estuvo atado a pasiones, vicios ni al pecado;
- fue libre porque se realizó a sí mismo sin pensar jamás de forma egoísta: su vida fue para Dios, su Padre, y para sus hermanos los hombres (pro-existir de Cristo);
- fue libre porque fue libertador y fue libertador porque antes fue total y perfectamente libre.
Para vivir lo anterior, tal vez la tarea más delicada y urgente de modo familiar e individual es la educación en la libertad. Es una tarea impostergable. Nos dice el catecismo de la Iglesia: Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Testimonian esta responsabilidad ante todo por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado son la norma. La familia es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Esta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera. Los padres han de enseñar a los hijos a subordinar las dimensiones “materiales e instintivas a las interiores y espirituales” (CA 36) (Catecismo 2223).
Es un texto de oro. No solamente nos señala que somos los mayores los responsables del buen uso o abuso de la libertad en la vida de los hijos, sino que esa responsabilidad aparece desde que el niño tiene conciencia de sus actos, y es tarea que nunca termina madurara en el recto uso de la libertad. El hogar es como una escuela donde se aprende el uso de las virtudes y el dominio y control de los defectos y los vicios. Si el hijo a de volar libre más tarde, primero habrá tenido que aprender la abnegación, el juicio sano, el dominio de sí mismo, la buena educación, el saber usar su tiempo de manera positiva. El catecismo dice que las virtudes son la tierra donde nacerá la planta que llamamos libertad.
Desde tiempos de seminario, me preguntaba por qué el hombre termina siempre por aceptar todo lo que le destruye y esclaviza, y no asume las virtudes y el amor pleno que lo humanizan y conducen a la felicidad y la salvación. Recuerdo que al estudiar el tratado de la “gracia” entendí que la herida del pecado sigue viva y arrastra el corazón del hombre a lo más bajo y esclavizante. Solamente la gracia de Dios fortalece la voluntad para que podemos ser felices y plenamente libres; se me hizo clara aquella frase de san Pablo que decía a sus comunidades: “para ser libres nos libertó Cristo”. Y si antes Jesús era importante en mi vida, después de haber comprendido esto, fue Él mi todo, como “camino, verdad y vida”. Si estamos cerca de Jesús atentos a su Palabra, viviendo sus sacramentos, viviendo la caridad a los hermanos, y tomamos la Cruz diaria aceptada amorosamente, es que entonces podremos encontrar la libertad verdadera.
El gran Pedro Calderón de la Barca lo dice mejor que yo, y de una manera inolvidable, afirmando que es en la Eucaristía donde encontramos la fuente de toda fortaleza para ser libres:
El género humano tiene contra las fieras del mundo,
por más que horribles le cerquen, su libertad afianzada,
como a sustentarse llegue
de aquel Pan y de aquel Vino, de quien hoy es sombra este…
Nadie desconfíe. Nadie desespere.
Que con este Pan y este Vino las llamas se apagan,
las fieras se vencen,
las penas se abrevian, las culpas se absuelven.
Pidamos a Dios este día crecer en el espíritu de libertad, que no es otro que el Espíritu Santo. Él es el Espíritu de amor y de la libertad verdadera. Tal vez habría que recordar las palabras que Pablo dirigió a la comunidad de Galacia para decirles que el cristiano verdadero no es el que vive sujeto al destino ni a los horóscopos, ni bajo la mirada de los ángeles, mucho menos aquél que vive encadenado a algún vicio, o a sus más bajos instintos, sino aquél que vive para amar. Y, podemos decir que, para amar bien, primero se tiene que ser libre totalmente. Por eso les dice Pablo: Para ser libres nos libertó Cristo.
San Ignacio de Loyola enseñaba que, para poder crecer en el amor, solamente quien es libre en Cristo puede hacerlo. De este modo, en sus “contemplaciones para alcanzar amor”, en sus Ejercicios, enseña una oración que conocemos muy bien. Dice Ignacio esta oración que deberíamos decir cada día: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo distes, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; y dadme vuestro amor y gracia, que esto me basta”.
















