“Entre el cielo y la tierra, la complejidad de amar a quien me dio la vida y a quien me cuida desde el cielo”

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Por: Aldrin García – Director Totus Noticias

Hay fechas que no llegan al calendario… llegan al alma.

Y el Día de la Madre es una de ellas.

Porque mientras muchos celebran entre abrazos, fotografías y almuerzos familiares, otros aprendemos que amar a una madre también puede ser una experiencia llena de silencios, nostalgias, heridas, recuerdos y contradicciones.

Y sí… también de culpas.

Hace unos días escribí una canción llamada “Mi madre está en el cielo”. Muchos pensaron que hablaba únicamente de la ausencia, del duelo y de la nostalgia de perder a una mamá. Pero en realidad, esa canción nació desde un lugar más profundo: desde esa extraña sensación de tener el corazón dividido entre el cielo y la tierra.

Porque hay personas que nos siguen cuidando desde arriba… y otras que aún estando aquí, a veces sentimos lejos.

Yo tuve una mamá abuela.

De esas mujeres que no necesitan títulos para convertirse en refugio. De esas que con una mirada calmaban tormentas. De esas que con muy poco daban todo. Ella fue abrazo, consejo, comida caliente, protección y amor sincero en muchos momentos de mi vida.

Y quizá por eso, cuando partió, sentí que una parte de mí también se iba con ella.

Pero también tengo a mi mamá aquí.

Viva.

Con diferencias.
Con discusiones.
Con maneras distintas de ver la vida.
Con heridas que a veces ninguno sabe cómo sanar.

Y ahí entendí algo que pocas veces nos atrevemos a decir públicamente: no todas las relaciones entre madres e hijos son perfectas.

Y eso no significa que no exista amor.

Porque uno puede no entenderse con su mamá en muchas cosas… pero jamás podrá borrar el hecho de que fue ella quien lo trajo al mundo. Quien cargó sus miedos. Quien resistió sus dolores. Quien, a su manera —correcta o equivocada— hizo lo que pudo con la vida que le tocó vivir.

Con los años uno madura y comprende que las madres también son humanas.

Que también se equivocan.
Que también lloran.
Que también cargan vacíos.
Que también tienen heridas que nunca sanaron.

A veces las juzgamos desde nuestra comodidad emocional, olvidando que ellas también fueron niñas, también tuvieron miedo y también tuvieron batallas que nunca contaron.

Por eso esta columna no es una columna de perfección.

Es una columna de humanidad.

Porque el amor más real no es el perfecto… sino el que sobrevive incluso a las diferencias.

Y quizás crecer también consiste en entender eso: que amar no siempre es coincidir; a veces amar es simplemente decidir no soltar.

Hoy miro al cielo y extraño profundamente a quien me cuidó desde el alma.

Y hoy también miro la tierra y abrazo, desde mis diferencias, a quien me dio la vida.

Porque al final uno entiende que el corazón tiene espacio para ambos amores.

Para el que descansa en Dios…
y para el que todavía sigue aprendiendo a sanar aquí.

Hoy quiero enviar un saludo especial a todas las madres.

A las que ríen en esta tierra.
A las que luchan en silencio.
A las que han tenido que ser fuertes aun con el corazón roto.
A las madres abuelas.
A las madres adoptivas.
A las que crían solas.
A las que esperan una llamada.
Y también a esas madres que ya partieron y que siguen viviendo en nuestras memorias, en nuestras oraciones y en cada pedazo de amor que dejaron sembrado en nosotros.

Que Dios bendiga a las madres de la tierra…
y que en el cielo brillen eternamente aquellas que nunca dejaron de cuidarnos.

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