Por: Mons Ricardo Tobón Restrepo – Arzobispo de Medellín
Estamos entrando en el tiempo litúrgico de la Cuaresma. Sabemos bien que no podemos reducir estos cuarenta días a unas habituales prácticas penitenciales o a una rememoración superficial de la celebración de la Pascua. La Cuaresma es mucho más. Es comenzar de nuevo un camino hacia la vida, es asumir un proceso de transformación interior, es darle todas las posibilidades a nuestra existencia a la gracia del Bautismo que hemos recibido. En sentido estricto, es acoger el llamamiento a morir a todo lo que nos aparta de Dios y resucitar a una nueva forma de ser, según el proyecto que nos ha sido revelado en Cristo.
Es verdad que en todo tiempo debemos buscar vivir en la sabiduría y en la santidad de Dios, pero la Cuaresma es como un particular “sacramento”, que nos permite purificar, de un modo especial, el corazón para que podamos entrar en la Pascua de Cristo no con la levadura de la perversidad, sino en los panes ázimos de la verdad (cf. 1 Cor 5,8). Es decir, que realizando la fidelidad bautismal, que lleva a alcanzar la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13), podamos vivir como él y en su total adhesión al Padre.
La Cuaresma nos pide vivir de la Palabra. En el mensaje para este tiempo, el Papa León XIV nos dice: “Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Hay una tradición en la Iglesia que une la Cuaresma y la invitación a escuchar la Palabra”. Durante la Cuaresma, estamos invitados a escuchar de un modo especial la Palabra de Dios en la liturgia, en los encuentros comunitarios, en la oración personal. Esto nos permite contemplar la vida de Cristo, caminar detrás de él, obedecer con el Padre acogiendo su voluntad para contrarrestar las sugestiones del mal.
La Cuaresma nos invita a creer en el amor. Hay que renovar permanentemente el seguimiento de Cristo, para aprender a salir de nosotros mismos y ser imágenes de Dios, que es amor. La tristeza más grande en el mundo es no vivir como hijos de Dios, no conocer las maravillas de su amor y desde esta experiencia compartir todos como hermanos. Acoger la buena noticia de Jesús nos lleva a aprender a entregarnos por los demás. Esto implica practicar siempre la justicia, la compasión, la ayuda y la misericordia frente al otro. Se trata de un aprendizaje indispensable porque el examen final comprende solo sobre el amor.
La Cuaresma nos reclama resplandecer como una luz. Todo lo que recibimos y aprendemos en la Cuaresma es para practicarlo. Entonces, cuando compartimos el pan, el vestido y el techo, cuando comprendemos al otro y acompañamos al afligido, se curarán nuestras heridas, surgirá nuestra luz como la aurora y nuestra oscuridad se volverá un mediodía (cf. Is 58,7-10). Pero más allá de ayudar a las personas en las emergencias, debemos trabajar porque cada persona pueda vivir dignamente desde el ejercicio de su propio trabajo y sintiéndose parte de la comunidad. Esto lo hace posible la pobreza de espíritu, fruto del corazón nuevo que Dios nos quiere dar (cf. Ez 36,26-28).
La Cuaresma nos hace caminar en la esperanza. El ser humano es caminante por naturaleza; debe estar siempre en marcha hasta encontrar su patria; no puede detenerse, porque el mismo camino nos transforma y nos hace crecer. Debe caminar con otros compañeros que hacen posible la vida. Debe caminar, porque el camino es necesario en todos los momentos de la vida y especialmente al celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos. Por tanto, la Cuaresma es un tiempo de gracia intensa, una ocasión que nos fortalece y nos prepara, para acrecentar la vida divina en nosotros, para llegar a la resurrección.
Estamos, pues, ante un tiempo fuerte, que debemos vivir responsablemente. Un tiempo en el que, como Jesús, nos defendemos del tentador, del espíritu del mal, para entrar en la vida plena de la Pascua. Convirtamos esta Cuaresma en una experiencia de gracia que nos permita recibir el Espíritu Santo y que, al resplandecer como una luz, nos impulse a evangelizar a los demás y no recibamos en vano la gracia de Dios (cf. 2 Cor 6,1-2).


















