El voto que se pierde: la trampa silenciosa del umbral

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Por: Aldrin García Balvin

Hoy, a menos de un mes de las nuevas elecciones legislativas, vale la pena hacer una pausa y hablar claro. Sin rodeos. Sin romanticismos. Porque en Colombia no siempre gana el que más votos saca… y a muchos eso todavía les cuesta entenderlo.

Arranquemos con números, que en política mandan más que los discursos. En 2022, en las elecciones al Senado de la República, hubo un candidato que sacó 173.558 votos. Quinta mejor votación del país. Una cifra que, en teoría, debería garantizar curul sin discusión. El candidato era Gilberto Tobón Sanín. ¿Entró al Senado? No.

¿Entonces qué pasó? Pasó lo que casi nadie explica en campaña y lo que muchos descubren cuando ya es demasiado tarde: el umbral.

En Colombia, para que un partido o movimiento político tenga curules al Senado, debe superar el 3 % de los votos válidos a nivel nacional. En el caso de la Cámara de Representantes, ahí un umbral diferente en cada departamento y el distrito capital, ese umbral se calcula de la siguiente manera, es el 50% del cociente electoral. Traducido a números reales: con cerca de 20 millones de votos, ese 3 % ronda los 480 a 600 mil votos, dependiendo de la participación. Si el partido no llega ahí, no entra nadie. Así uno de sus candidatos haya sido una aplanadora electoral.

En 2022, el partido Fuerza Ciudadana obtuvo 439.596 votos. Le faltaron aproximadamente 48 mil votos para pasar el umbral. Resultado final: cero curules. Más de 170 mil votos personales quedaron en el aire. Votos reales, ciudadanos, legítimos… que no se tradujeron en poder político.

Y aquí viene lo incómodo: esos votos no frenaron nada, no defendieron nada y no cambiaron nada. Simplemente no contaron.

Por eso hoy la pregunta es directa y sin anestesia: ¿para qué votar por un partido que no va a llegar al umbral? ¿Para sentir que uno “protestó”? ¿Para desahogarse? Porque si queremos que nuestras ideas estén representadas, si queremos que nuestra voz pese de verdad en el Congreso, hay que votar por partidos fuertes, con estructura, trayectoria y posibilidades reales.

Votar no es solo un acto de fe, es un acto de responsabilidad. El voto no es un mensaje simbólico: es una herramienta de poder. Y usada mal, termina fortaleciendo justamente a quienes uno dice querer enfrentar.

Este 8 de marzo no votes tu voto. No lo regales. No lo mandes a la estadística. Vota con cabeza fría, con números claros y con la certeza de que tu decisión sí llegue al Congreso. Porque en política, el error más caro no es votar distinto… es votar para que no cuente.

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