Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Como la metida de pata del candidato Cepeda, al escoger a la senadora Quilcué como fórmula a la Vicepresidencia, hay que disculparla adueñándose de la narrativa, están intentando vestirla con las banderas de la batalla eterna entre colombianos, soplando vientos de venganza.
Desde ayer, y seguramente al medir la magnitud política del error cometido, comenzaron a inundar las redes con unas páginas históricas amañadas que envuelven en desquite —no en lucha civilizada— el debate presidencial.
Aprovechando que Paloma Valencia es la candidata a la que el Pacto Histórico debe derrotar, y como ella es bisnieta del maestro Guillermo Valencia, poeta latifundista de Popayán, quien hace más de cien años —igual que muchos coterráneos suyos— se enfrentó a los indios caucanos que comandaba el legendario Quintín Lame, presentan el certamen electoral como una disputa vengadora entre Quilcué, enfatizando que es hija del pueblo, y Paloma, alegando que es bisnieta de esclavistas y latifundistas.
Con frases de cuño marxista quieren presentar la contienda como si fuera entre la indígena que porta la dignidad de una historia de persecución y una mujer de las élites más tradicionales que carga con el peso de su historia familiar.
No vacilan entonces en recordarle a la candidata presidencial que, siendo senadora, propuso convocar un referendo para dividir el Cauca en dos: uno para los indígenas y otro para los mestizos. Y convertir a la senadora Quilcué en una mujer que, con sus uñas y al lado de su pueblo, ha defendido la integridad de su país.
En otras palabras, como los marxistas creen en el eterno enfrentamiento de las fuerzas de la historia, esta cita electoral es presentada como el espacio para que los colombianos volvamos a enfrentarnos.
Detrás de toda esa parafernalia hay vientos de venganza y ánimos de convocar al desquite cien años después, para que Colombia siga sangrando estúpidamente.
No puede ser. Hay que impedirlo.


















