PEREGRINACIÓN

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Por: J.D. Castrillón

Hay noches sin esperanzas, de disolución de los absolutos, de agonía de la fe donde cada cosa pareciera contenerse en su burbuja, en su propia virtualidad, nada es acto puro ni potencia pura como creyó Tomas de Aquino, todo es una secuencia de estampas. El drama inmediato se relativiza. El corazón se inquieta ante una tragedia mayor: la de una Tierra herida cuyos ciclos ya no son estables

Es el ritmo lento del planeta como marco de nuestra urgencia existencial. La propia historia se reconoce también desde un largo ahora que empezó hace 10000 años y que terminará en otros 10.000 años mientras las aguas de los glaciares se derriten entre inviernos estacionales y temporadas de lluvia tropical.

En medio del caos cósmico en ese ahora de 20.000 años, solo un gesto pequeño, civilizado, amable: Me alisto a salir a unos pasos de la puerta principal del hotel San Antonio en Medellín. Pongo a mi lado en el suelo una maleta pequeña y un saco que en mi descuido confundieron con el equipaje de otra persona hasta que lo rescaté amablemente y sin arriesgar un sonrojo o una bala, nadie lloró, nadie gritó, nadie salió herido, no hubo robo. Paz en el aeropuerto, bien en el rescate de lo propio sin agresión.

Ya en el aeropuerto un auxiliar de vuelo me señala la ruta para llegar a mi puerto de embarque pasando por posters de calles y de edificios conocidos.

En el camino me encuentro con un monje, fray Elías, con el cansancio de quien ha luchado décadas y ve los mismos problemas reaparecer. Me saludó con el comentario sobre lo fea que está la cosa en el mundo, con los mismos problemas desde hace 20, 30, 40 y más años. «Yo me voy a salir de esta vaina», me dijo, pero supe que no se refería a la vida sino al entorno inmediato del trabajo. A veces se requiere la prudencia del que sabe cuando hay que retirarse para no quebrarse.

Ya en casa, corro las cortinas y abro las ventana para contemplar todas las tormentas. Ráfagas de fuego, destellos de verdad en la noche, iluminaciones repentinas, ruptura de las fronteras, 20.000 años de lluvia son un ahora que clama nuevos horizontes de espejados de nubes. Sin miedo. Nada nos puede retener. (JDC)

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