Por: Juan Diego Castrillón
No bastaba ternura y vigor mientras viviera con esa tristeza, con ese plomo pesado en el estómago luego de más de 6 años de desgaste con la misma explicación a toda conducta maluca: “la iglesia es santa y a la vez necesitada de purificación”. La frase, aunque cierta, cubría las embarradas propias y ajenas con un eco ruidoso de infantilismo espiritual.
¿Debería quedarme o irme? Llegó el fin, tras dos años y medio de iniciación antes de profesar, sumados a algo más de 3 años con renovación anual de promesas de obediencia, pobreza y castidad, que representan entrega a Dios. Hermoso era ese estilo de vida, santo por su origen y falible cuando asoma la huella humana. Sin embargo, estaba en el corazón desgarrado por una paradoja: amar la luz con tanta intensidad que se vuelve visible la sombra de la institución que la custodia.
Me resultó pesado vivir en lo sagrado confundido con lo profano. Las «personas concretas sin busca del hálito de perfección». “La mano de obra barata que requiere alta cualificación”. El «vasallaje cultural». La «compleja vida económica» que se requiere para mantener a través de los años las obras de caridad, los monasterios, los conventos, los grandes seminarios.
Fueron tiempos de apagamiento y casi muerte de carismas singulares bajo el imperio de interpretaciones del derecho canónico exigido a todos, exigido a las autoridades, exigido a los creyentes en general. Era agotador el reclamo de obediencia al capricho ajeno del momento, que reducía la vida a lo que se supone que dice un reglamento.
¿Cuál parte de mi alma perdía en la ruptura con esa vida religiosa? Los simples gestos y las pequeñas cosas queridas, junto a las formas lacerantes de sumisión medieval. Estaba también el peso engañoso de una supuesta riqueza individual, exteriorizada en templos, que no era mía, pues mi propia riqueza se reducía en lo personal a una maleta de peregrino. Al menos conservaría el saludo fraterno de Paz y Bien en el corazón, Todo quedaba en una cicatriz de una belleza tan alta que se acepta, se reconoce, que duele cuando se la contrasta con el riesgo diario del sin sentido. Una cicatriz gloriosa que lo resume todo. No reniega, no se avergüenza. Integra el dolor y la gloria de la experiencia en una marca que limita.
Cuando no veía la belleza debía responderme a mi mismo por qué había llegado a ese punto de la lucha entre la culpa y la redención: Tal vez hubo una bondad ingenua tanto mía como de la comunidad de acogida, sin hálito de perfección, que sigue una tradición pastoril, con una estructura organizativa donde resuenan formas de dominación propias del imperio romano con sus hábitos teatrales de sometimiento. Tal vez hubo algún móvil inconsciente de cada parte, alguna trampa cultural o una matriz de ideas que atrapaba en un guion. Tal vez hubo de su parte problemas de visión que aún se mantienen. Las interpretaciones pueden ser millares.
¿Dejar de ser «hermano menor»? Ese sería el último vals a bailar, sin tutor, como corresponde a un mayor de edad. Evitaría ser tirano, al “arquitecto” del propio universo. Prefería ser el “ecólogo” constructor de puentes entre universos posibles y las fronteras permeables entre estos distintos ecosistemas de identidad, con la «marca indeleble» de una espiritualidad fraterna universal, no solo ente humanos sino con el animal o el bosque.
Aquel proceso entendido como una huida exigía replantarse. No se trata de una realidad que se decide abandonar. Tal vez esa comprensión sea pobre. Toda huida así es el camino de los que buscan con tanta verdad que su búsqueda los lleva lejos de los mapas conocidos, hacia el único territorio donde la paz y el bien no son reglas, sino la respiración misma de la existencia.
La salida extramuros resonó en mi corazón como la necesidad de salvar la fe interior de la asfixia, de asegurar la supervivencia del espíritu, no se sintió nunca como una derrota. Nunca. Fue el acto de quien no vio en el momento otro camino que correr para impedir que la estructura humana lo sepulte. Aún más que sobreviviente, fui testigo de una institución divina en manos humanas y de un corazón humano que anhela lo divino.
En ese cruce de caminos era urgente una brújula, especialmente cuando emergen algunas «islas de orden», patrones de auto-organización. En ellas había un aglutinante, el «sentido amoroso» junto con el respeto a la naturaleza. Lo vi como la fuerza organizadora más potente, no era un sentimiento vago. Es el principio que, desde una célula hasta una familia, crea complejidad cooperativa. Es la semilla de un nuevo norte que no se impone desde fuera, sino que crece desde dentro de cada vínculo.
El norte de la brújula que daba continuidad a la historia personal era el saludo fraterno de Paz y Bien grabado en el corazón, como sello comunitario con cierta biología espiritual que estaba presente en el acto de respiración: !El aliento es signo del nombre de Dios! Los rabinos y los místicos han visto en las letras del nombre sagrado YHWH (Iod He Vau He – יְהוָה), las claves al movimiento de la inspiración y de la espiración, es decir, encuentran a Dios mismo en el aliento requerido para existir.
La cultura moderna tiene otras lecturas sobre el cuerpo. Aún así, el saludo de Paz y Bien portaba también un mensaje antiguo para cultivar en el corazón . La “Paz” es el silencio fecundo. El “Bien” es la alegría serena.
En ese saludo de “Paz y Bien”, “Paz” es como el Yod (י): La primera letra en el nombre sagrado de Dios, que significa la chispa de la intención, la inspiración que inicia todo, desde el cual todo es posible. La contracción de Dios que crea el vacío para que el mundo pueda ser.
“Y” es como el He (ה): La segunda letra en el nombre sagrado de Dios. La pausa, el silencio, la receptividad. El momento en que el aliento divino llena la creación, la sustenta y la habita.
En el saludo de “Paz y Bien”, la palabra «Bien» es como la letra Vav (ו): la tercera letra en el nombre sagrado de Dios, que se exhala hacia el mundo. La espiración. La conexión que desciende, el hilo que une el aliento de Dios con el barro del hombre, la revelación.
Entonces sigue la evocación de la última letra en el nombre sagrado, el He (ה): el silencio de retorno, vida plena. La nueva receptividad. El retorno, el silencio que acoge el aliento devuelto, completando el ciclo.
Lo que en principio sentí como plomo en el estómago se volvió gratitud desde el lado del misterio. Suficiente aire llegaba y pasaba por mis pulmones el resultado del ritmo eterno de la inspiración y espiración divina, la experiencia sagrada en la respiración. Hubo en un sí resonante no solo por la vida sino por la roca que la sustenta, por el agua y por el silicio de nuestros chips.
El encuentro estaba en el saludo de Paz y Bien planetario desde el lado del misterio, donde se reconcilian las cosas del cielo con las de la tierra, desde la biosfera a la geosfera, más allá de la culpa, que incluye una geología viva del espíritu que se asoma en capas superpuestas, las capas de fe, de duda, de obediencia, de rebeldía, de cansancio y de huellas delatoras que forman un paisaje único
La pregunta que quedaba era sobre el énfasis hacia solo lo «vital». ¿Será que en el planeta lo que importa es salvar la vida? Resulta que lo que consideramos «no vivo» también es importante. Desde la tradición humana, la cultura humana proviene del «humus», la tierra fértil, algunas veces la muerte transformada en vida. También en la cultura semita somos de la tierra, «adámicos». Esta tradición no dice que Dios sopló vida en un hombre. Dice que tomó polvo de la tierra (adamah) y entonces sopló en él el aliento de vida: La vida es tierra animada. No se trata de ser ni arquitecto del mundo en una pintura algo ególatra y dictatorial, ni tampoco ser ecólogo de Mundos. La necesidad personal de asumir identidad en el hacer se enfrenta con el hecho fundante de que somos «tierra animada» (adamah). La redención personal no se logra reconciliando sus mundos interiores, sino reconociéndose como parte de la Tierra, ahí donde la ecología se vuelve una ascesis espiritual.
La pregunta por la parte del alma que pudo perderse en el camino adquirió una respuesta nueva. No se perdió nada, se transfiguró. Se cambió de una identidad cerrada («el religioso») por una ipseidad expansiva («el ecólogo del espíritu en un planeta vivo»).
El encuentro fue desde entonces un saludo de Paz y Bien abierto a todo el polvo de las estrellas que habitamos. La “Paz”, el silencio fecundo. El “Bien”, la alegría serena.
La apuesta vital se reveló por todo. El juego de la vida estaba también en la no vida, por los lados la piedra, la montaña de granito, hasta por el hierro en la sangre, con sus ritmos, su gravedad, su historia de fuego y hielo de la somos un destello reciente.















