Por: Juan José Gómez
Durante años, Colombia fue reconocida en el mundo por la eficiencia de su sistema de salud. No era un secreto: organismos internacionales llegaron a ubicarlo en la sexta posición global en cuanto a cobertura y eficacia. Era un motivo de orgullo nacional, un ejemplo de cómo un país en desarrollo podía garantizar atención médica digna y oportuna a millones de ciudadanos.
Hoy, sin embargo, esa realidad se ha transformado en un desastre sin precedentes. El sistema que antes funcionaba con relativa solvencia se encuentra al borde del colapso. Las causas de este deterioro no son abstractas ni difusas: tienen nombre propio y se relacionan directamente con las decisiones del presidente Gustavo Petro y su ministro de Salud, Guillermo Alfonso Jaramillo, acompañados por superintendentes de salud provenientes de las mismas canteras políticas, todos ellos marcados por la ineficiencia y la improvisación.
El “shu shu shu”: una metáfora del derrumbe
El presidente Petro ha insistido en imponer un modelo estatista que busca someter todos los servicios públicos al control del Estado. Su rechazo visceral al capitalismo lo ha llevado a desmantelar las estructuras que sostenían el sistema de salud.
El resultado es lo que muchos llaman el “shu shu shu”: un tren en el que la locomotora —el dinero del Estado— arrastra a todos los vagones, sin importar si el camino conduce al abismo. O como un juego de dominó: basta con derribar una ficha para que todas las demás caigan en cadena. Así ha ocurrido con hospitales, EPS, clínicas y pacientes, víctimas de un experimento ideológico que ha convertido la atención médica en un campo de ruinas.
Los principales perjudicados: los enfermos y sus familias
No se trata de cifras frías ni de debates académicos. El desastre tiene rostro humano: los enfermos y sus familias. Son ellos quienes padecen la falta de medicamentos, las demoras en tratamientos, la escasez de especialistas y la incertidumbre frente a un sistema que ya no garantiza lo más básico: el derecho a la salud.
Cada día que pasa, más colombianos sienten que el Estado les ha dado la espalda. Y mientras tanto, el gobierno insiste en profundizar un modelo que ha demostrado ser inviable, aferrado a convicciones comunistas y estatistas que no admiten corrección ni autocrítica.
La salida: un voto patriótico
Recuperar el sistema de salud no será posible bajo el actual gobierno. La única alternativa real es que el pueblo colombiano, consciente de la magnitud del daño, vote masivamente por un proyecto de centro y derecha que garantice eficiencia, respeto por la iniciativa privada y compromiso con los pacientes.
En este escenario, la figura de Abelardo De la Espriella se presenta como el único capaz de enfrentar y derrotar al candidato del petrismo —sea Iván Cepeda, Roy Barreras o Daniel Quintero— y devolverle al país un sistema de salud digno y funcional.
La tarea no es solo política: es patriótica. Colombia no puede permitirse regresar, ni ahora ni nunca, a gobiernos marxistas de extrema izquierda que han demostrado su capacidad de destruir lo que generaciones enteras construyeron con esfuerzo.
Conclusión:
La salud en Colombia pasó de ser un modelo internacional para convertirse en un desastre nacional. La responsabilidad recae en un gobierno que, cegado por ideologías estatistas, ha arruinado lo que funcionaba. La salida está en manos del pueblo: votar con conciencia, con memoria y con sentido patriótico, para impedir que el país siga hundiéndose en el abismo de la ineficiencia y el dogmatismo.
El futuro de millones de pacientes depende de ello.

















