Jesús es la luz

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IV Domingo de Cuaresma

Por: P. Miguel Ángel Ramírez González

El Evangelio de Juan en su capítulo 9 (Jn 9, 1-41), narra el milagro de la curación del ciego de nacimiento, y contiene una pregunta que los seres humanos nos hemos hecho desde los albores de la humanidad: ¿Quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?”. Es decir: los sufrimientos, la enfermedad o problemas que nos aquejan ¿se deben a que Dios los manda, o porque son una prueba, o porque son debido a un castigo por el pecado?

En el Evangelio de Juan, cuando Jesús parece que va a responder a estas preguntas que hacían los apóstoles, sin embargo, responde con palabras que más parecen un acertijo: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestara la obra de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo.

Por supuesto que Juan escribe el texto como una catequesis que muestra el poder de Dios manifestado en Cristo, todo bañado del simbolismo del rito bautismal y el camino de la fe; así como la comunidad cristiana primitiva simbolizada en el ciego, que terminará siendo echada del templo, es decir, del judaísmo, iluminada ahora por la luz de la fe en Cristo.

Pero, volviendo a la pregunta, sobre el por qué el sufrimiento, declara el evangelio de manera implícita que no es porque Dios lo envíe como castigo, pues Dios es Bueno, ni porque se haya cometido algún pecado: “ni por él ni por sus padres”; pues era una idea aceptada en la mente y fe de los judíos desde la antigüedad. A partir de la revelación, la afirmación que hace es que nacemos con esta o aquella enfermedad, no porque Dios nos quiera hacer sufrir, sino porque forma parte de nuestra fragilidad humana, hecha de barro; y el sufrimiento, en otros casos, puede ser que sea fruto del alejamiento de Dios y de sus mandamientos, pero no como castigo por los pecados. Más bien dependerá de nosotros sobre qué respuesta demos a esos momentos grises: podemos dar gloria a Dios para manifestar su amor y misericordia, o podemos cerrarnos en la autocompasión y en rechazo de su amor.

Por supuesto que Cristo es la luz y puede iluminar esos momentos oscuros de la vida, pero hay que pedirlo. Y para poder “entender” y “dar un sentido nuevo a lo que vivimos” necesitamos la fe como respuesta y de su luz como gracia. Respecto a la acción de Cristo, los Padres Mateo y Barreto elaboran un argumento filológico donde señalan que la traducción más correcta del texto debería ser: le untó SU barro en los ojos”, y luego SU saliva”, como si creara de nuevo al hombre, ya no del barro de la tierra (cfr. Génesis), sino de Jesús mismo. El hombre, por tanto, está hecho ahora de Cristo, y se lava en la piscina que se llama el “Enviado” o “Mesías”, que es Cristo.

El ciego “fue, se lavó y volvió con vista” resumiendo el proceso del camino de la fe, pues, luego del bautizo, recibe la fe. Tenemos nosotros también que vivir ese proceso de purificación que tuvo su comienzo el día de nuestro bautismo, y que debe seguir a lo largo de

toda la vida hasta que termine nuestro peregrinar. Pero ser bautizados exige de nosotros ir cuesta arriba en la vida y a pesar de las pruebas.

Todo hombre y mujer tiene una misión que hacer en la vida. Y casi toda existencia tiene sus momentos bellos, llenos de alegría y plenitud. Pero hay otros momentos, igualmente intensos, que miden la calidad del amor humano y la fe en Dios; son los momentos que definen la plenitud de esa vida: el modo en que encaramos el sufrimiento.

Muchos de nosotros hoy día tenemos fe al estilo de los judíos: caminando ciegos por la vida, temerosos de un Dios a quien creemos fuente de castigos, y agobiados porque creemos que el rayo de su ira caerá de un momento a otro. Ante esa actitud que parece vencernos, Pablo recuerda: “En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan, por lo tanto, como hijos de la luz” (cf. Ef 5, 8-14). Vivir como hijos de la luz; dejar que Jesús nos devuelva la vista, o la fe.

Pero, de cómo la fe nos ayuda a ver las cosas de modo distinto, y cómo también Jesús nos sale al encuentro para curar nuestra ceguera, tenemos una bella anécdota que ilustra el camino de una fe iluminada.

Para explicar esto que señalo, les comento que estas semanas me he dedicado a repasar dos libros que escribió un ciego; así es, se trata de un ciego que escribió sus libros como testimonios. Me refiero a Nino Salvaneschi. Este autor habla de la importancia de “ver” de verdad la vida, los amigos, la realidad, el propio interior, pero no con los ojos físicos, sino con los ojos de la fe; este hombre perdió totalmente la vista por una rara enfermedad, pero fue cuando pudo ver de verdad. Decía Salvaneschi: “Desde hace diez años soy ciego; desde hace diez años tengo encadenada mi libertad y vivo en la casa que tiene las ventanas cerradas; pero las cadenas son alas y las prisiones son mundos”. Y luego señalaba que empezó a entender realmente la vida y su grandeza, el día que quedó ciego; escribía: “Un sinnúmero de hombres están obligados a abrir mucho los ojos para ver. Yo, me lo confieso a mí mismo, nunca he visto tan bien como desde que me quedé ciego. Y sólo ahora me doy cuenta de que gran parte de la felicidad humana está en ver todo por el bien”.

La paradoja que muestra el evangelio es que los escribas y fariseos que “ven”, son realmente los que están ciegos, mientras que el ciego de nacimiento, por su fe en Cristo es el que “ve”. Salvaneschi descubrió el valor de la vida y de la fe, cuando ya no pudo ver con los ojos físicos. Su alquimia de la vida fue, la de asumir su dolor, viéndolo no como fracaso o castigo, sino como oportunidad para ser mejor persona. Dice Nino: “Si la desgracia te busca, no te escondas aquí o en otra parte, hoy o mañana, te encontrará, porque ha sido hecha para ti. Dirígete, por el contrario, a ella y pídele la enseñanza que trae. Si el dolor te toca en el hombro, dale la mano y responde “aquí estoy”. El dolor es una imagen que usa Nino para expresar que todo padecimiento, asumido en la fe, puede ser oportunidad de algo grande; escribe: “en el dolor hay que hacer como las ostras, que saben cicatrizar la propia herida con una perla”. Yo, hasta podría decirle a Nino que ya me fabriqué un collar.

El mundo de hoy está ciego, como los fariseos, pues se evade de la realidad, agrede al prójimo, se crea paraísos artificiales, busca adormecerse por las drogas y el ruido, tiene, en otras palabras, miedo a vivir.

En nuestros momentos de desconcierto o “depre”, como dicen algunos, deberían leer el testimonio de este ciego, pues él, con los ojos de la fe, no solamente aprendió a asumir su deficiencia física, sino que la usó como arma para entender la vida y encontrar el camino que Dios le había marcado. Señala: “Sobre todo, jamás debemos decir: ‘Esto no me debía suceder’. Las cosas destinadas a cada cual llegan en el momento oportuno para darnos una enseñanza. Y si el camino queda cerrado, se abrirá otro hacia una nueva encrucijada. Pero todos podemos ennoblecer nuestra vida y ponernos a buscar la felicidad”. Nuestras virtudes o ausencia de ellas no son obstáculos, sino que así, como somos, algo tenemos que decir al mundo, pero necesitamos la fe de Bartimeo que le gritaba a Jesús que tuviera compasión de él, o de Nino Salvaneschi, quien señala: “No todos somos soles capaces de iluminar el firmamento, pero cada uno puede llegar a ser la llama que calienta un corazón”.

Las enfermedades o problemas no son castigos (a menos que yo mismo lo haya causado), ni Dios quiere probarnos por alguna razón. Él quiere que los transformemos en oportunidades, y en experiencias de crecimiento; Dios quiere que “descubramos” su presencia en nuestras vidas. Cuando así lo hacemos, Jesús se vuelve LUZ y nos ayuda a “ver” más allá de las cosas para que empecemos a vivir. El Dios del Evangelio es el Dios de las segundas y terceras oportunidades, porque su Nombre es Amor y Misericordia. Él es la luz que ilumina la más grande oscuridad.

El error no es tener miedo a padecer, sino dejar de creer en la vida, dudar de Dios y tal vez creer que somos marionetas de un destino incierto. El pecado está en la desconfianza y en no creer que Dios es más grande que nuestras penas y más fuerte que la muerte. Preguntemos, pues: ¿qué espera Jesús de nosotros? Pidamos para que un día digamos creo, Señor, y postrados le adoremos (cf. Jn 9, 41).

Una cosa más. El evangelio solamente nos relata la parte breve del encuentro con Jesús, pero debemos imaginarnos al ciego que, desde que nació, fue repudiado por los familiares; fue señalado por los vecinos y los fariseos, convirtiéndose poco a poco en un marginado que terminó por ser rechazado por todos y terminó odiándose a sí mismo.

Todos hemos experimentado algo similar de rechazo, o de fracasos, de traiciones y de mentiras que han dejado heridas. Pues es en este momento cuando más debemos buscar la luz que es Cristo y pedirle el milagro de la fe que dé sentido a todas las cosas y, sobre todo, descubrir su amor por nosotros; vernos a través de su mirada de misericordia.

Al final del librito, Nino Salvaneschi dice una confesión que es casi una oración de confianza: “Y por no haber rechazado la prueba; por no haberme rebelado contra mi suerte y maldecido el amor; a pesar de los errores y pecados que me han acompañado a lo largo del camino; a pesar de las tentaciones y los recuerdos que me han asaltado por la espalda para hacerme caer en el fango; por el esfuerzo hecho para levantarme y caminar; por la palabra de consuelo que a nadie he negado; por una sola señal de bondad que haya podido dar; en la hora de mi muerte cúbreme, Señor, con tu misericordia.”6 Yo añado simplemente: Amén.

En esta Cuaresma pedimos el milagro de la curación de la fe para poder ver que, a pesar de las pruebas y las enfermedades, a pesar de la vejez y los achaques, podemos levantarnos de nuevo. El pecado nos hunde en la oscuridad y la desconfianza, pero la presencia de Jesús nos transforma y nos ilumina. El llamado de Pablo es invitación para cada uno de nosotros: “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz” (Ef 5, 14).

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