Hay que buscar el sentido de la vida

TotusNoticias

I Domingo de Cuaresma

Por: P. Miguel Ángel Ramírez González

En algún momento de la vida, llegamos a creer que para ser felices eran suficientes la riqueza, el poder, la fama y el confort. Pero al paso del tiempo nos vamos dando cuenta de que esas gratificaciones crean más problemas de lo que pudieran resolver. Si lo pensamos bien, la verdad es que nuestras almas están más bien sedientas de sentido. En el fondo lo que anhelamos es la sensación de que hemos aprendido a vivir de manera tal que nuestra existencia sea importante, de modo que sintamos que, al dejar este mundo, hayamos dejado alguna huella en el corazón de los demás.

Uno de los grandes psicólogos del siglo XX, Viktor Frankl, como un diagnóstico del hombre actual, afirmó lo siguiente: “aproximadamente un tercio de mis pacientes no padecen de una neurosis definible en términos clínicos, sino más bien sufren por la insensatez y futilidad de la vida. Esto puede denominarse la neurosis general de nuestros tiempos”. Un diagnóstico que, aunque dicho hace varias décadas, sigue siendo actual. Lo que afirma es que lo que nos impide ser felices es que nuestra vida carezca de orientación o finalidad. En la oración final pediremos a Dios que nos conceda tener hambre de Jesús, que es el pan vivo y verdadero, y a vivir de toda palabra que salga de su boca (Oración después de la comunión).

Yo siempre he creído que el texto evangélico sobre las tentaciones de Jesús en el desierto responde a las interrogantes esenciales de la vida, porque declaran con exactitud los caminos que hombre debe evitar para no autodestruirse (porque el pecado, además de ser una ofensa moral es un proceso de destrucción, es un cáncer que mata al que lo comete, si no se deja transformar por la gracia de Dios).

Por desgracia la historia nos declara que la mayoría de los hombres caemos derrotados en estas batallas contras las tentaciones. La explicación está en que llevamos todos la herida del pecado original, tal como lo escuchábamos en la primera lectura del Génesis (Gn 2, 7-9; 3, 1-7). Un pecado que nos hace perder rumbo y colocarnos bajo el reinado de la muerte, como señalaba muy bien san Pablo en su carta a los de Roma (Rm 5, 12-19). Sabemos que la gracia de Dios no solamente nos rescata de la muerte, sino que nos permite vivir la vida bajo el reinado del amor; así lo afirma el apóstol: “por el don de un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de la vida y la gracia de Dios”. Pero es una gracia que se recibe; que se pide y se debe hacer fructificar.

Hace tiempo acudió a mí un señor joven que quería exponer su inquietud religiosa. Poco antes, había asistido al sepelio de un amigo que tenía su misma edad y que había sido compañero de trabajo y de parrandas. Durante algunos días veía el lugar vacío en la oficina; y días después llegó el reemplazo: alguien desconocido ocupó la silla que había sido de mi amigo. Como si nunca hubiera existido. Sentía en ese momento que la vida humana fuera como cuando arrojas una piedrecilla al estanque, y vemos formarse las ondas en el agua, pero luego desaparece sin dejar rastro. ¿Será ese el destino del hombre?, se preguntaba. Y eso es cierto; la sabiduría de los grandes de todos los tiempos señala lo mismo: la vida, además de breve, casi siempre es dolorosa.

Me di cuanta que no solamente era el temor a la muerte, sino lo más angustiante para él era el hecho de sentir que con probabilidad su vida carecía de sentido. Esta experiencia la hemos tenido todos: ¿No han sentido ustedes alguna vez si la vida ha valido la pena? ¿Al ver el trabajo de años y años y los pingües frutos, llegamos a creer que ya no sirve de nada seguir luchando? A esta altura de la vida, ¿dónde está mi corazón y mis metas? ¿A poco no nos gustaría decir, ya casi al fin de la vida, lo que atinadamente señalaba Amado Nervo: “… vida, nada me debes, vida estamos en paz”?

El gran poeta español, León Felipe, se hacía las mismas preguntas, pero de una manera muy bella. Escribe: “Salimos de aventura en la madrugada del mundo, con un nombre que nos prenden en la solapa, como una concha en la esclavina y creemos que con este nombre van a llamarnos los pájaros. ¡No nos llama nadie! Y cuando ya estamos rendidos de caminar y el día va a quebrarse, gritamos enloquecidos y angustiados, para no perdernos en la sombra: ¿Quién soy yo?

Por más que tengamos todos los bienes de la tierra, o el poder y dominio sobre los demás, al final podemos sentirnos terriblemente vacíos. Podemos llegar a la cima de nuestra profesión, y sin embargo sentir que algo nos falta, que seguimos insatisfechos. Podemos tener un matrimonio de 30 o 50 años de duración, pero, al final, con una sensación de una carencia o gran vacío.

El evangelio nos da una luz sobre lo que debe ser el camino correcto para el hombre y, tal vez, cuál debe ser el proceso de transformación. Nos advierte Jesús que la vida SÍ tiene sentido y que todos los actos humanos tienen una densidad extraordinaria. El hombre debe crecer, madurar y encontrar el sentido último a la vida; esa es su misión. Guiados y ayudados por la gracia divina, debemos luchar contra todo aquello que rebaja al ser humano y mostrar que el camino de la fe tiene por meta la realización y la felicidad de cada uno. El pasado jueves, después de ceniza, el evangelio de san Lucas decía: ¿De qué le sirve al hombre ganar al mundo si pierde la vida?; si quieres ser perfecto, toma la cruz de cada día y sígueme; …no solamente de pan vive el hombre; …adorarás al Señor tu Dios y a él sólo servirás; …no tentarás al Señor tu Dios (Lc 9, 2-25). Son palabras de Jesús. Al entresacar estos textos lo que quiero afirmar es que la vida tiene sentido sólo si se ve desde la perspectiva religiosa, no solamente porque tenga que ver con la vida moral y los sacramentos, sino porque se refiere a los valores fundamentales del ser humano y lo que le puede dar la felicidad, sobre todo al fin de su vida. La razón es que, para el ser humano, la felicidad tiene raíces teológicas, es decir, en Dios, no biológicas ni psicológicas, mucho menos materiales.

Noten ustedes la paradoja que se ve en el texto del evangelio: el diablo dice: ten esto y aquello; llénate de cosas; idolatra el poder y la riqueza, y serás dichoso. Jesús dice lo contrario: pierde la vida en el amor; entrégate generosamente, y la vida se llenará. Dios nos pide el ofrecimiento libre en el amor, aunque sea crucificado, el diablo pide esclavizarse a él o a las cosas, pero no libertad.

Las personas más felices que conozco no son ni las que poseen más, ni las más famosas, ni tampoco las más cultas, sino las más humanas y religiosas (que no “mochilonas ni persignadas”). He visto que son aquellas que buscan ser siempre amables, serviciales, confiables, llenas de fe y de amor; personas que esperan que, cuando se vayan de este mundo, dejen una sonrisa en los demás y calor de amor en los corazones. Esas actitudes son el reflejo de su interioridad plena y un sentido alcanzado.

Lo que el diablo le pedía a Jesús era que renunciara a su dignidad de persona y de Hijo de Dios, a que redujera su vida al horizontalismo en una búsqueda de los bienes materiales solamente. En otras palabras, a que fracasara en su misión. Es por eso por lo que Jesús nos advierte los peligros de esas “tentaciones”:

Ante la primera tentación, de carácter material y económico (haz que estas piedras se conviertan en panes), Jesús confiesa que hay bienes superiores al alimento y que no se puede reducir al ser humano a un objeto de consumo, a un homo oeconomicus, sin trascendencia. No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra de la boca de Dios.

A la invitación diabólica de que use la religión en su favor, a que niegue la muerte, a que busque los caminos del poder y del éxito. Jesús le replica diciendo que su camino no es el mesianismo religioso ni del poder; rechaza Jesús la fe en un Dios milagrero y manipulable. Por eso le replicará al tentador: “no tentarás a Dios”.

La tercera tentación es sutil, y allí el diablo le pide que lo idolatre a cambio del poder en la tierra: “te daré todo esto si te postras y me adoras”. Es un intercambio: recibir “todo” a cambio de idolatrar al diablo, que puede ser cualquier cosa o persona. Me decía un buen sacerdote en Jalisco que el corazón del hombre busca siempre a Dios, pero si se deja seducir por el mal, entonces adorará cualquier cosa; y lo decía de una manera muy curiosa: el que no adora al Dios verdadero, ante cualquier palo de escoba se pone de rodillas. Jesús en esto es tajante, pues nada ni nadie ocupa el lugar de Dios: “Adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo servirás”.

Así es, las tentaciones de Jeús son las tentaciones del pueblo de Israel en el desierto, y son las tentaciones de todo hombre. El pueblo de Israel sucumbió a ellas, Jesús las venció, y el cristiano ha sido capacitado por Cristo para vencerlas, siempre y cuando acepte el misterio de la Redención, y la fuerza del Espíritu Santo en su vida. Es tan fácil dejarse seducir por el diablo, vender nuestra dignidad de personas e hijos de Dios.

Como paréntesis, me ha parecido casi diabólico cómo las ideologías actuales han tergiversado todo y nos están llevando a la destrucción. Si ya es una perversión la ideología de género y los que han cambiado a los bebés por mascotas, o la violencia en nuestro país que mata a tantos hermanos. Pues bien, ahora aparecen los “therianos”, que se sienten animales, y se colocan sus máscaras, rechazando su humanidad y ser personas. Todo eso me parece diabólico y enfermizo.

Cuando descubramos que hay realidades más importantes que lo material, tales como el amor a la familia y los momentos de felicidad con nuestros seres amados; cuando entandemos que no es el dominio, sino el servicio amoroso, al estilo de Cristo, el modo


más pleno del amor. Cuando descubramos que Dios no nos solucionará problemas, sino que nos acompañará en nuestro caminar por la vida, será cuando vayamos descubriendo que la vida tiene sentido, que tenemos una misión por cumplir en este mundo.

El Padre Enzo Bianchi señala certeramente:

“El hombre es un ser tentado: en el camino de humanización, es decir, en el de hacerse hombre de verdad, se encuentra en un régimen de prueba precisamente porque el ser humano posee la libertad. O sea, que conoce la tentación. El hombre, para humanizarse, debe renunciar a los sueños y a las ilusiones de omnipotencia, debe aprender el arte de la resistencia en el espacio de la libertad y, por consiguiente, ser consciente de la prueba como experiencia esencial a su libertad: ¡sin tentación no hay libertad!”

Y qué mejor que San Agustín para entender el evangelio de este día, y es que solamente caminando con Jesús se podrá vencer la tentación y redirigir nuestras vidas:

“El Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto y en él eras tú también tentado. Cristo tenía de ti la condición humana para sí, y de sí la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí y de sí la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí, y de sí honores para ti. […] Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también a ti mismo victorioso en él”.

Por Cristo y en Cristo podemos vencer toda tentación que reduzca la vida y la aniquile; por Cristo y en Cristo sabemos que la vida de cada hombre tiene sentido porque hemos sido amados hasta lo indecible por el Señor. El mismo Jesús es la respuesta del Padre ante esa búsqueda incansable de todos nosotros; es Cristo el sentido pleno de nuestras vidas.

Quiero terminar diciendo que cuando se vive en Dios, bajo su gracia, asumiendo el Evangelio y las cruces que nos tocan y, sobre todo, amando al hermano y a uno mismo, en Cristo, se descubre el sentido de la vida. Todos tenemos un sentido y meta que es Dios, un camino que es Cristo y una lucha que ganar contra el mal en todas sus formas. Qué mejor que decirlo con las palabras del mismo León Felipe:

Nadie fue ayer, ni va hoy,

ni irá mañana hacia Dios

por este mismo camino que yo voy.

Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol, y un camino virgen

Dios.

Comparte este artículo