Por: Aldrin García Balvin – Director de Totus Noticias
Durante años nos enseñaron que en Semana Santa había que hacer vigilia: no comer carne, cambiarla por pescado, cumplir una norma que parecía resumir el sacrificio. Y muchos crecimos creyendo que ahí estaba el sentido de estos días. Pero con el tiempo entendí una enseñanza que nunca se me ha borrado, una frase que hoy, más que nunca, Colombia necesita escuchar: “la verdadera vigilia no es la del plato… es la del alma.”
Esa idea no es solo espiritual, es profundamente incómoda. Porque cambiar la carne por pescado es fácil; cambiar la forma en la que hablamos, pensamos y actuamos es otra historia. Lo primero se cumple en un día; lo segundo exige coherencia todos los días. Y ahí es donde esta reflexión deja de ser una tradición religiosa para convertirse en un espejo del país que somos.
Hoy Colombia cumple la vigilia en la mesa, pero la rompe en la vida. Hemos perfeccionado el rito externo mientras descuidamos el fondo. Por eso la discusión no debería ser qué comemos, sino cómo vivimos. Porque, en la práctica, seguimos devorándonos entre nosotros, no con cuchillo y tenedor, sino con palabras, decisiones y actitudes.
La primera vigilia que urge recuperar es la de la lengua. En un país donde la conversación pública se volvió agresión permanente, hacer vigilia de la lengua implica dejar de hablar para herir, de difamar para ganar, de dividir para imponer. La política, especialmente, se ha convertido en un escenario donde la palabra ya no construye, sino que destruye. Y entonces la pregunta vuelve con más fuerza: ¿de qué sirve no comer carne, si con la lengua despedazamos al otro todos los días?
La segunda es la vigilia del pensamiento. Colombia está atrapada en una lógica de polarización donde muchos ya no piensan, reaccionan. Se alimentan narrativas de odio, se repiten discursos sin cuestionarlos, se asume que el que piensa distinto es enemigo. Hacer vigilia del pensamiento es detenerse, elevar la mirada, darle espacio a lo espiritual, a lo trascendente, a lo que une por encima de lo que divide. Sin esa vigilia interior, cualquier país termina gobernado por extremos.
La tercera es la vigilia de las manos. Y no se trata solo de la violencia física, que ya de por sí nos ha marcado como nación, sino también de las decisiones que se toman desde el poder. Manos que firman, que ejecutan, que ordenan. Manos que pueden construir país o terminar de fracturarlo. Cuando no hay vigilia en las manos, aparece la injusticia, el abuso y la corrupción disfrazada de legalidad.
La cuarta es la vigilia de los pies. Es decir, revisar hacia dónde estamos caminando. Porque un país no se pierde de un día para otro; se pierde paso a paso, decisión tras decisión, rumbo tras rumbo. Y hoy Colombia necesita preguntarse con honestidad si va en la dirección correcta o si está avanzando hacia escenarios que después serán difíciles de revertir.
Y, finalmente, está la vigilia del corazón. La más difícil de todas. Porque implica amar en medio de la diferencia, respetar en medio del desacuerdo, construir en medio de la tensión. Sin esa vigilia, todo lo demás se queda en apariencia. Con ella, en cambio, todo empieza a tener sentido.
Por eso esta Semana Santa no puede quedarse en el gesto simbólico de cambiar el menú. Tiene que convertirse en una oportunidad real de revisar el alma, personal y colectiva. Porque un país que no hace vigilia de su lengua termina en el odio; un país que no cuida su pensamiento cae en la ceguera ideológica; un país que no vigila sus manos normaliza la injusticia; y un país que no revisa sus pasos pierde el rumbo.
Nos preocupamos por lo que ponemos en el plato, pero no por lo que está pasando en el país. Cumplimos con la tradición, pero fallamos en la transformación. Y esa incoherencia es, en el fondo, una de las razones por las que Colombia sigue atrapada en los mismos problemas.
Tal vez por eso hoy la invitación es más profunda: que la vigilia no sea solo alimentaria, sino existencial. Que no se limite a lo que dejamos de comer, sino que toque lo que estamos dispuestos a cambiar. Porque al final, como decía aquel sacerdote y como hoy cobra todo el sentido repetirlo, la verdadera vigilia no es la del plato… es la del alma.
Y si Colombia entendiera eso —de verdad—, el cambio no dependería de un gobierno ni de una ideología. Empezaría desde adentro. Y sería, por fin, un cambio real.














