IV Domingo de Adviento
Por: P. Miguel Ángel Ramírez González
La Iglesia tiene muchos ejemplos de hombres que han expresado una santidad heroica siendo hijos, o esposos o padres. El Evangelio del día de hoy nos muestra uno de ellos, que jugó un papel importantísimo en la historia de la salvación: San José. En días pasados hablamos mucho de María, primero al festejarla en su Inmaculada Concepción, y luego por el evento guadalupano, pero siempre san José pasa desapercibido, cuando realmente ocupó un puesto importantísimo en la vida de Jesús y de María. Además, ahora que las ideologías quieren destruir la imagen del hombre, del padre y de una sociedad que califican de machista, más debemos hablar de este hombre, tan importante en la historia de la Salvación.
Y es verdad, ahora que se rechaza hasta el sexo con el que se nace, debemos “reconciliarnos con nuestra existencia real, porque esta es el lugar en el que debemos encontrar a Jesús”, decía el biblista, el Padre Albert Vanhoye. Tal vez nos preguntemos por qué, y la respuesta la da el mismo sacerdote, señalando que “(Jesús) eligió vivir nuestra vida; (por lo tanto) quiere encontrarnos en nuestra vida real y no donde nosotros soñamos tener un encuentro maravilloso con él en un contexto ideal”.
La fe de José se nos revela cuando en obediencia a Dios, asumió la responsabilidad de ser el esposo de María y el guardián, modelo y padre de Jesús, el Hijo de Dios. San José es el modelo de un hombre que, aceptándose como es y lo que es, sabe sacrificarse por la esposa y el hijo. Como hombre y como padre, vivió plenamente su vocación humana; como hombre de fe, supo responder al llamado de Dios sin preguntarse, ofreciendo todo lo que era y tenía.
Así pues, el último capítulo de la preparación a la venida de Jesús en nuestros corazones está simbolizado por la figura difusa de san José. Es una figura que representa una lección muy clara en esta preparación al encuentro con la Vida. Es el símbolo extremo de la confianza en Dios, del esperar contra toda esperanza, contra todo pronóstico.
Esperar contra toda esperanza. Bella frase que se puede decir de todo cristiano que ha aprendido a crecer y a amar a lo largo de su vida. Me imagino que el buen José se habrá preguntando alguna ocasión: ¿por qué yo?, ¿no hay alguien más preparado o con mejores cualidades que yo?
¿Qué espera Dios de mí? Sin embargo, la lección que nos da la revelación es esta: Dios no se equivoca al escoger a las personas ni en darnos nuestro ser en un momento determinado de la historia.
¿Han oído hablar de un joven nicaragüense llamado TONI MELÉNDEZ? Me imagino que no, pues es historia vieja. De hecho, Tony se volvió una celebridad en septiembre de 1987, cuando en un encuentro de más de 6000 jóvenes que se reunieron en el Anfiteatro de Los Ángeles para recibir en aquél entonces al Papa Juan Pablo II, y Tony que contaba con 25 años en aquél momento. “Santo Padre, -dijo el presentador- tenemos para usted un regalo muy especial que queremos darle”. El “regalo” al Papa era ese joven que, tocando su guitarra cantó para el Santo Padre. Todo parecería normal, salvo que TONI MELÉNDEZ no tenía brazos; nació sin ellos, y con sus pies tocaba la guitarra.
La canción por él compuesta decía una frase lo siguiente:
“Somos el signo del amor de Dios. Somos testigos de su Reino… Ahora, con el corazón abierto, ofrezco mi vida en entrega total…
Contigo, Dios mío, seremos luz en medio de la oscuridad”.
Al terminar de cantar el Papa lo abrazó y le dijo: “Toni, eres un hombre de gran fortaleza. Nos has dado a todos el día de hoy esperanza. Te pido que sigas dando esperanza a la gente”.
Decía la canción de Toni: “Somos el signo del amor de Dios”, “somos luz en la oscuridad”. Y sé que él lo dijo no como una frase bonita, sino que realmente lo vivía.
El poeta TENNYSON invitaba a las personas a que eligieran caminar por “el lado soleado de la vida”. Como las calles, nuestras vidas tienen un lado lleno de sol, iluminado y alegre; pero tienen también un “lado sombreado”, triste y doloroso. Curiosamente la mayoría de nosotros preferimos caminar a lo largo de la vida por el lado sombreado, en lugar de hacerlo por el “lado soleado”. Muchos se pasan la vida masticando sus dolores o sus fracasos, en lugar de paladear las alegrías o alimentarse de las esperanzas; dedican más tiempo a quejarse y lamentarse que a proclamar el gozo de vivir. Muchos jóvenes actuales, frente a un mundo desorientado, sin valores, sin metas altas y buenas, creen que el mundo es sombrío y gris, y hasta se nota en sus atuendos y sus rostros.
La mayoría de los casos que vienen a verme para platicar sus problemas, son personas que se quejan de lo que les falta, de lo que les han quitado, de lo que les duele. Pocos son aquellos que dicen cómo han aprendido a vivir “a pesar” de esas carencias. Allí tenemos a la madre de familia que se ha dedicado a rumiar el rencor contra el esposo que la abandonó, amargándose ella y sus hijos; o aquél hombre que en medio del alcohol se dedica a lamentarse que no es querido por sus familiares, en lugar de preocuparse por amar. Y el joven, que teniendo unos padres con muchos defectos se dedica a culparlos de su vida fracasada en lugar de construir una vida “desde” lo poco o lo mucho que Dios le ha dado a través de su familia. O el viejo, que vive en la nostalgia de tiempos idos, en lugar de mostrar alegría de haber llegado a esa edad y dedicarse a caminar por el “lado luminoso de la vida”, aunque sea a pasos más cortos y los días más breves. Estas personas tienen brazos, pero les falta corazón y tal vez un poquito de fe para saber que Dios los acompaña y los quiere, así como son.
San José era un hombre de fe extraordinario. Su vida repentinamente da un viraje, se desploman sus sueños, pero no se dedica a mirar el lado difícil o doloroso del ofrecimiento, sino ve lo maravilloso que es poder vivir haciendo algo, sobre todo si “ese algo” es de Dios.
Hellen Keller (otro de mis personajes favoritos) fue ese tipo de personas que no se daban por vencidas ni se quedaban en el rincón de la vida mendigando lástima; ella era sorda, ciega y muda, ¡Y cuánto logró en la vida!. Itzhak Perlman le dio poliomielitis a los 4 años, y sin embargo fue uno de los más grandes violinistas de música clásica. Toni Meléndez nació sin brazos, pero eso no ha obstado para tocar la guitarra y cantar.
Para vivir la vida con intensidad, con amor y con fe, se necesita mucho coraje. Y si estas personas han logrado salir adelante “a pesar” de sus limitaciones, a pesar de que no se sacaron la lotería en esta vida siendo personas totalmente normales, ¿cómo –me pregunto- soy capaz de arrastrarme por la vida hundido en la mediocridad, mendigando compasión y diciéndole a Dios de lo que carezco en lugar de construir mi vida con lo que tengo? ¿Es que acaso he olvidado que la vida, como la calle, tiene también un lado luminoso y soleado por el que puedo caminar?
Decía Toni Meléndez en una ocasión: “¿Cómo puede una persona sin brazos dar esperanza? Ni siquiera soy capaz de poder dar un plato de comida. Bueno, es mi corazón y mi música los que te ayudan. Y tú puedes servir. No necesitas brazos, piernas u ojos para amar. Por favor, no me digas que necesitas de esas cosas. Lo que necesitas es
un corazón”. En 1996 alguien le preguntó ¿Toni, dónde están los milagros? Toni respondió: “Si tú preguntas a una persona como yo dónde están los milagros, te lo diré. Levanta tu brazo derecho; levanta tu brazo izquierdo. Dime ahora tú dónde está el milagro.
¿Dónde está el milagro? El milagro eres tú”. Así es, tú tienes brazos, ojos, vida; todo eso es ya un milagro.
Hay por desgracia en el mundo demasiadas personas que se dedican a lamer sus propias llagas, en lugar de ponerse de pie a pesar de ellas, o gracias a ellas. Gente que se escudan detrás de la mala suerte o de las dificultades de la vida. Yo creo que la mala suerte es que no usen su alma y vivan su vida. Y, creo yo, esa es la fuente de la tristeza y amargura que destila el mundo de hoy. Por eso muchos viejos quieren ser jóvenes, otros rechazan ser hombre o mujer; algunos hasta reniegan de haber nacido.
Si nos dedicáramos a apostar descaradamente por la alegría, si descubriéramos que de cada 100 de nuestros ataques de nervios, 90 vienen de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo y terquedad, cuántas cosas cambiarían.
Yo siempre me he imaginado a San José como un hombre sencillo, llevando una vida maravillosamente simple y pobre, pero siempre iluminado por la alegría. Yo estoy seguro que Dios Padre lo escogió a él para ser el custodio de su Hijo Jesús no solamente porque era un hombre de fe, sino que, con las palabras de Toni Meléndez, sabía usar el corazón y sacarle el jugo a la vida. Probablemente no vivió muchos años, pues en el ministerio de Jesús, al parecer San José ya ha muerto; pero qué bellos años en compañía de Jesús y de María. Yo creo que los disfrutó grandemente.
Imaginemos a José, que pudo contemplar desde bebé al Hijo de Dios, verlo caminar, enseñarle los rudimentos del trabajo de carpintería; imaginemos a José, tener por compañera y esposa, nada menos que a María. Imaginemos que, después de toda una vida, tener al lado de su lecho de muerte al mismo Cristo Jesús y a María.
Nuestra mexicana Sor Juana Inés de la Cruz dedica al bueno de San José este bello poema:
Escuchen qué cosa y cosa tan maravillosa aquésta: un marido sin mujer,
y una casada, doncella.
Un padre que no ha engendrado a un hijo a quien otro engendra; un hijo mayor que el padre,
y un casado con pureza.
Un hombre que da alimentos al mismo que lo alimenta, cría al que lo crió, y al mismo que lo sustenta, sustenta.
Manda a su proprio Señor, y a su hijo-Dios respeta; tiene por ama una esclava, y por esposa una reina.
Celos tuvo y confianza, seguridad y sospechas, riesgos y seguridades, necesidad y riquezas.
Tuvo, en fin, todas las cosas que pueden pensarse buenas; y es, en fin, de María esposo, y de Dios, padre en la tierra.
Pidámosle a Dios en este último domingo de Adviento, que nos dé esa confianza, perseverancia y alegría que le concedió a San José, de modo que, reconociendo el don maravilloso de su Hijo Jesús, podamos descubrir que nuestra vida es también un regalo maravilloso que podemos hacer crecer, madurar y, por qué no, ofrecer a Dios, como lo hicieron María y José para colaborar con Dios en su obra de redención.















