Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Estábamos en La Luciérnaga con Hernán Peláez, en el 2007, cuando llevé a colación el caso del almirante Arango Bacci y no vacilé en insinuar hasta las divertidas sospechas que en las calles cartageneras se tejían sobre ese episodio.
Por uno de esos instintos de mi personalidad que nunca he podido explicar, advertí que existía una trama maluca en todo ello y me dediqué a averiguar las circunstancias personales que rodeaban a los actores.
Aunque Peláez se rascó más de una vez la cabeza y el entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, vino a visitarme a El Porce para entregarme su versión y la documentación oficial, seguí pensando que había maturranga y que, como siempre pasa en este país, la envidia y la venganza deberían estar detrás de todo.
Solo ahora, 20 años después, se viene a desenredar la madeja. La Corte Suprema ha llamado a juicio al almirante Barrera por haber participado en el montaje y, sin conocer en detalle las tremebundas pruebas que el máximo tribunal ha recogido, siento una infinita satisfacción por haber esperado tanto tiempo y comprobar que no estaba desacertado oteando el hilo conductor en ese maremágnum.
No se ha dicho oficialmente cuáles fueron los motivos para que el almirante Barrera, comandante entonces de la Armada, abriera la tronera. Pero como por ella entraron como actores desde el señor Santos y su esposa, el Opus Dei y su cruel moralidad, y hasta los oficiales navales Segura y García, el episodio ha pasado a la historia.
Las circunstancias y las ambiciones que genera la envidia, la pinta de buen mozo de Arango Bacci, los bochinches de Castillo Grande, la habilidad de tocar gaita dentro de la banda naval del señor Santos y la santidad estigmatizadora de los seguidores del Opus revistieron la historia del drama con la injusticia que no vacilé entonces en señalar públicamente.
Ahora que se sabe todo, prefiero mirar a lontananza mientras el almirante Arango Bacci vuelve y juega.














