Por: Aldrin García – Director Totus Noticias
En Colombia ya no estamos discutiendo ideas. Estamos presenciando algo mucho más peligroso: la transformación de la política en una secta. Y sí, hay que decirlo sin miedo: algunos sectores del abelardismo terminaron cayendo exactamente en lo mismo que tanto criticaban del petrismo… un fanatismo enfermo, ciego y agresivo que no construye país, lo destruye.
Porque una cosa es apoyar a un candidato. Y otra muy distinta es convertirlo en un dogma incuestionable. Hoy en X y en grupos de WhatsApp no se ve debate político; se ve adoctrinamiento digital. Si no piensas como ellos, no eres un contradictor: eres un enemigo. Un “vendido”, un “idiota útil”, un “cómplice”. Y desde ahí comienza la avalancha de insultos, ataques y desinformación.
Lo que antes era una conversación democrática, hoy parece una inquisición moderna. No se discute el argumento, se destruye a la persona. No importa si tienes datos, si planteas una idea o si haces una crítica válida: si no repites la narrativa, te caen en manada. Exactamente el mismo libreto que durante años se le criticó al petrismo. Exactamente el mismo.
Y en medio de ese clima aparece algo aún más inquietante: la construcción de figuras casi intocables. Porque sí, uno puede creer en procesos personales, en cambios, incluso en conversiones. El poder de Dios es infinito, y eso nadie lo discute. Pero cuando la política empieza a disfrazar estrategias de emoción, cuando un discurso se construye más desde la lágrima que desde la coherencia, es válido preguntarse: ¿esto es convicción… o es espectáculo?
Porque pasar de un ateísmo radical a escenas de llanto público no solo sorprende… también genera dudas legítimas. Y más cuando alrededor surge una base que no cuestiona nada, que no analiza nada, que simplemente aplaude todo. Ojalá no terminemos viendo lo que ya parece asomarse: una especie de canonización política, donde el líder deja de ser humano para convertirse en figura incuestionable. Y ahí sí, estamos perdidos.
Realmente, qué decepción. No por una persona en particular, sino por lo que refleja: una ciudadanía que está renunciando a pensar.
Y ahí está la ironía más peligrosa de esta elección: los extremos se terminaron pareciendo. Cambian los nombres, cambian los discursos, pero el comportamiento es idéntico. Fanatismo puro. Ceguera total. Incapacidad absoluta de aceptar que alguien pueda pensar distinto sin ser atacado.
Las redes sociales, especialmente X, se convirtieron en el campo de batalla perfecto para esta degradación. Allí gana el que más insulta, no el que mejor argumenta. El que más humilla, no el que más propone. Y así, la política se fue degradando hasta convertirse en un espectáculo de grosería permanente, donde el respeto es visto como debilidad y la agresión como liderazgo.
Pero si en X el problema es visible, en WhatsApp es silencioso y más peligroso. Allí no hay contradicción pública, no hay verificación inmediata. Hay cadenas, audios, “información interna”, mensajes reenviados mil veces que se sienten reales porque vienen de alguien cercano. Y así, poco a poco, se va construyendo una verdad paralela donde todo el que piensa distinto es enemigo del país.
Eso no es política. Eso es manipulación emocional.
Y lo más grave es que esta cultura del insulto está formando ciudadanos incapaces de debatir. Personas que no escuchan, que no analizan, que no contrastan. Solo reaccionan. Solo repiten. Solo atacan. Como si defender una idea implicara odiar a todo el que no la comparte.
Colombia no necesita más fanáticos. Ya tuvimos suficiente con años de polarización tóxica. No necesitamos otro grupo convertido en secta digital, convencido de que tiene la verdad absoluta y de que todo el que no esté con ellos está contra el país.
Porque cuando la política se convierte en religión, el que piensa distinto deja de ser ciudadano… y pasa a ser hereje.
Y ese es el verdadero peligro.
No es solo quién gane la elección.
Es en qué nos estamos convirtiendo como sociedad.
Porque un país donde la política se volvió insulto, donde el debate murió y donde el fanatismo manda… no está eligiendo futuro.
Está perdiendo la cabeza.














