Cristo resucitó… ¿y Colombia cuándo?

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Por: Aldrin García – Director Totus Noticias

Cada año lo repetimos. Cantamos, celebramos, nos vestimos de blanco, compartimos mensajes de esperanza. “Cristo ha resucitado”. Pero, si somos honestos, hay una pregunta que incomoda más de lo que inspira: ¿realmente creemos lo que estamos celebrando… o simplemente lo repetimos?

Porque una cosa es proclamar la Resurrección… y otra muy distinta vivir como resucitados.

La Resurrección no fue un acto simbólico ni una tradición bonita para cerrar la Semana Santa. Fue una ruptura total con la lógica del miedo, de la derrota y de la muerte. Fue el momento en que todo lo que parecía perdido encontró sentido. Fue el día en que la historia cambió para siempre.

Pero hay algo que no podemos ignorar: antes de la Resurrección hubo silencio. Hubo traición. Hubo dolor. Hubo discípulos escondidos, confundidos, sin rumbo. Y, si miramos con sinceridad, ese escenario no es tan lejano al país que hoy habitamos.

Colombia vive, desde hace tiempo, en una especie de Viernes Santo prolongado. Un país cansado, dividido, atrapado en discusiones que no construyen, en odios que se alimentan solos, en liderazgos que muchas veces decepcionan más de lo que inspiran. Un país donde parece más fácil destruir que construir, más fácil señalar que proponer.

Y en medio de todo eso, seguimos celebrando la Resurrección… como si no tuviera nada que ver con nosotros.

Pero sí lo tiene. Y mucho.

Porque la Resurrección no es solo un hecho del pasado. Es una invitación radical al presente. Es el llamado a salir de nuestras propias tumbas: del egoísmo, del resentimiento, de la indiferencia, de la comodidad. Es la posibilidad real de dejar de vivir como víctimas permanentes y empezar a asumirnos como responsables de lo que somos como sociedad.

Nos hemos acostumbrado a señalar al otro. Al político, al vecino, al que piensa distinto. Pero la Resurrección no empieza señalando… empieza transformando. Y esa transformación no ocurre en discursos, ocurre en decisiones.

Decisiones pequeñas, pero poderosas. Decidir no odiar. Decidir no mentir. Decidir no destruir al que piensa diferente. Decidir construir país desde lo cotidiano, desde lo simple, desde lo humano.

Porque no hay resurrección sin cruz. Y Colombia quiere cambio… pero sin sacrificio. Quiere resultados… pero sin transformación. Quiere un país distinto… pero haciendo exactamente lo mismo.

Ese es el verdadero problema.

El sepulcro no se abre solo. La piedra no se mueve por inercia. La Resurrección implica un paso, una acción, una decisión. Y mientras sigamos esperando que todo cambie afuera, sin cambiar nada adentro, seguiremos atrapados en el mismo ciclo.

Hoy, más que nunca, Colombia necesita una Pascua. Un paso. Un salto. Un antes y un después. No desde la imposición, sino desde la conciencia. No desde el ruido, sino desde la coherencia.

Porque este país no se va a reconstruir desde el odio, ni desde el fanatismo, ni desde la mentira. Se va a reconstruir desde personas que entiendan que la transformación comienza en uno mismo.

La Resurrección no es un final feliz. Es un comienzo exigente.

Y tal vez ahí está el punto que más nos cuesta aceptar.

Porque resucitar implica dejar atrás lo que fuimos. Implica renunciar a lo que nos mantiene cómodos. Implica cambiar de verdad.

El sepulcro está vacío. La historia ya cambió.

La pregunta es si nosotros también estamos dispuestos a cambiar con ella.

Cristo ya resucitó. Ahora falta que lo haga Colombia.

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