CARTA DIRIGIDA A LOS GUERRILLEROS DE LAS DISTINTAS DENOMINACIONES

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Por: Mons. Ignacio Gómez Aristizábal

Apreciados hermanos: soy Ignacio Gómez Aristizábal, Obispo emérito de la Arquidiócesis de Santa Fe de Antioquia y quiero presentar a ustedes guerrilleros de las distintas denominaciones el más atento y cordial saludo y enviarles mi mensaje. Lo primero que quiero decirles es, que Dios los ama. Sí, el amor de Dios en Jesucristo y la Iglesia, es incondicional y abarca a todas las personas, incluso a quienes se comportan mal o cometen errores, ofreciendo misericordia y oportunidades de perdón. Según la Teología cristiana, Dios Salvador ama a la gente imperfecta y demostró este amor enviando a Jesús para morir por la humanidad, cuando todavía éramos pecadores. Y si miramos las realidades terrenas, encontramos a las madres de familia que aman tiernamente también a sus hijos de conducta incorrecta, aunque lamentan sus incorrecciones y anhelan profundamente el cambio en la forma de vivir y estar en el mundo. Ellas son un reflejo de lo que es Dios con los seres humanos. ¡Cuánto anhela Jesucristo y su Iglesia, un cambio radical en la vida de Ustedes pasando del desamor al amor cristiano, del irrespeto al respeto profundo por las distintas manifestaciones de la vida y principalmente por la  excelsa dignidad de la persona humana

En segundo lugar quiero exhortarlos en el nombre de Cristo y de la Iglesia a tener un respeto profundo por la excelsa dignidad de la persona humana. Sobre este particular encontramos muy apropiadas las apreciaciones de los Señores Obispos latinoamericanos y del Caribe, reunidos en la ciudad de Aparecida Brasil en el mes de mayo del año2.007,  en su Documento final, a partir del número 387: “La cultura actual tiende a proponer estilos de ser y de vivir contrarias a la naturaleza  dignidad del ser humano. El impacto dominante de los ídolos del poder, la riqueza y el placer efímero se han transformado, por encima del valor de la persona, en la norma máxima de funcionamiento y el criterio decisivo de la organización social. Ante esta realidad, anunciamos una vez más, el valor supremo de cada hombre y de cada mujer. El Creador, en efecto, al poner todo lo creado al servicio del ser humano, manifiesta la dignidad de la persona humana e invita a respetarla. (Génesis 1, 26-30)

Y en el número 388 se dice: “Proclamamos que todo ser humano existe pura y simplemente por el amor de Dios que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva en cada instante. La creación del varón y la mujer, a su imagen y semejanza, es un acontecimiento divino de vida y su fuente es el amor fiel del Señor. Luego, sólo el Señor es el autor y el dueño de la vida   y el ser humano, su imagen viviente, es siempre sagrado, desde su concepción, en todas las etapas de la existencia, hasta su muerte natural y después de la muerte. La mirada cristiana sobre el ser humano permite percibir su valor que trasciende todo el universo: Dios nos ha mostrado de modo insuperable cómo ama a cada hombre y con ello le confiere una dignidad infinita”.

Así mismo queremos exhortarlos a cuidar la naturaleza, sus aguas y su arborización, hoy más urgente que nunca por la nueva situación que estamos viviendo del denominado cambio climático y la amenaza de la autodestrucción del mundo. A este respecto el Papa Francisco, de feliz memoria, en su Carta Encíclica sobre la necesidad de proteger, cuidar y promover la naturaleza en el número 8 nos trae este pensamiento: “Es necesario que cada uno se arrepienta de sus propias maneras de dañar la naturaleza, porque en la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos, estamos llamados a reconocer nuestra contribución-pequeña o grande- a la desfiguración y destrucción de la creación. Somos invitados a reconocer los pecados contra la creación: “Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando los bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados. Porque un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios”.

Queridos hermanos que militan en la guerrilla en sus distintas denominaciones: quiero pedirles, suplicarles, y rogarles, no más sufrimientos para nuestros pueblos. Militemos por la cultura de la vida y no por la cultura de la muerte. La primera, nos engrandece, la segunda, nos destruye.

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