Por: Aldrin García Balvin – Director de Totus
En Colombia hay líderes que pasan… y hay otros que se quedan. Álvaro Uribe Vélez pertenece, sin discusión, al segundo grupo. Dieciséis años después de haber dejado la Presidencia, sigue provocando lo que pocos logran: emoción, debate, gratitud y una mística que no se compra ni se hereda. Uribe no hace política en silencio; hace política como un Rockstar en gira permanente.
A su edad —que para muchos sería excusa para la comodidad— él eligió la carretera. Recorre pueblos, plazas, coliseos y calles polvorientas con la misma energía de siempre. Donde llega, el ambiente cambia: hay abrazos, selfies, manos extendidas, sonrisas sinceras y una emoción que no se finge. La gente no va solo a escucharlo; va a verlo, a sentirlo, a agradecerle.
Porque, digámoslo sin rodeos, para millones de colombianos Uribe fue el mejor presidente que ha tenido el país. No por nostalgia, sino por resultados. Fue quien recuperó la seguridad cuando Colombia parecía rendida al miedo; quien devolvió la esperanza de transitar carreteras, de invertir, de vivir sin la zozobra permanente. Eso no se borra con discursos ni con el paso del tiempo.
Hoy, lejos del poder formal, sigue ejerciendo uno mucho más complejo: el liderazgo moral y político. Acompaña a Paloma Valencia, su candidata presidencial, respalda a sus candidatos al Senado y a la Cámara, camina con ellos, los presenta, los defiende y los impulsa. No delega su capital político; lo pone al servicio de un proyecto en el que cree.
Y hay un dato que dice más que cualquier encuesta: Uribe es el número 25 en la lista al Senado. No necesita encabezarla para ser protagonista. Su sola presencia ordena, convoca y moviliza. En una política saturada de nombres efímeros, él sigue siendo referencia, ancla y motor.
Lo suyo no es nostalgia; es vigencia. Mientras muchos exmandatarios se refugian en la comodidad del retiro, Uribe decidió seguir dando la pelea. No desde la rabia, sino desde la convicción. No desde la distancia, sino desde la cercanía con la gente que lo ve como uno de los suyos. Por el gran Amor que le tiene a Colombia.
Hay algo profundamente simbólico en verlo caminar entre la multitud, recibir un abrazo de una señora mayor, escuchar a un joven agradecerle o a un campesino recordarle que gracias a la seguridad pudo volver a su tierra. Eso no se fabrica: se construye con hechos, con coherencia y con tiempo.
Por eso, cada aparición suya es un show político, sí, pero también emocional. Un recital de memoria colectiva donde muchos recuerdan quiénes eran y cómo vivían antes y después de su gobierno. Y en ese recuerdo, Uribe sigue siendo protagonista.
En un país de liderazgos frágiles y discursos reciclados, Álvaro Uribe Vélez sigue siendo un fenómeno. Un rockstar de la política colombiana que, contra todo pronóstico, se resiste a abandonar el escenario. Y mientras siga recorriendo el país con esa mezcla de firmeza, afecto y convicción, su nombre seguirá sonando fuerte, como esas canciones que no pasan de moda.

















