Por: Aldrin García Balvin – Director de Totus Noticias
Semana Santa en Colombia siempre ha sido un momento de pausa. Las calles se llenan de incienso, las palabras bajan el tono y, por unos días, pareciera que el alma le gana al ruido. Pero este año —como casi todo últimamente— ni siquiera la fe logra escapar del ambiente político que respira el país.
Y ahí es donde nace esta reflexión.
Porque mientras unos cargan imágenes en hombros recordando el sacrificio, otros cargan discursos que, más que redimir, dividen. Mientras unos hablan de conversión, otros siguen atrapados en la confrontación. Y mientras el Evangelio invita al silencio interior, la política insiste en el grito permanente.
Colombia hoy parece vivir su propia pasión.
Una pasión marcada no por la esperanza, sino por la incertidumbre. No por la unidad, sino por el desgaste. Y en medio de ese escenario, la Semana Santa deja de ser solo tradición… para convertirse en espejo.
Un espejo incómodo.
Porque nos obliga a preguntarnos si como sociedad estamos construyendo o destruyendo. Si estamos elevando o hundiendo. Si estamos guiados por principios… o por intereses.
Desde mi faceta creyente, esta semana no puede pasar desapercibida. Es un llamado claro: orar, reflexionar, pedir perdón, volver al centro. Entender que sin Dios, cualquier proyecto —personal o político— termina perdiendo sentido.
Pero desde mi faceta de estratega político, también hay algo evidente: Colombia está cansada.
Cansada del discurso ideológico que promete redención pero entrega caos. Cansada de una narrativa que divide en “buenos y malos” mientras el país real sigue esperando soluciones. Cansada de una izquierda que habla de justicia… pero genera incertidumbre.
Y aquí es donde la sátira se vuelve inevitable.
Porque pareciera que algunos confundieron la política con una especie de evangelio revolucionario… donde el líder no se equivoca, donde la crítica es pecado y donde el país debe creer, incluso cuando la realidad dice lo contrario.
Pero no.
La fe libera.
La política no debería esclavizar.
Y Colombia necesita volver a entender esa diferencia.
Semana Santa no es solo procesión. Es también decisión.
Decisión de cambiar. De corregir. De elegir mejor.
Porque así como en la fe hay un camino de muerte y resurrección, en la política también hay momentos donde el país tiene que decidir si sigue cargando la cruz de los errores… o si se atreve a empezar de nuevo.
Hoy Colombia está en ese punto.
Y en medio de ese escenario, empieza a surgir algo distinto. Una lectura más serena. Más firme. Menos emocional y más racional.
Una visión de país que no grita, pero construye.
Que no divide, pero ordena.
Que no improvisa, pero dirige.
Ahí es donde aparecen nombres que representan ese equilibrio que tanto necesita Colombia. Una política con carácter, pero sin odio. Con firmeza, pero sin fanatismo.
Porque si algo necesita este país no es más radicalismo.
Es dirección.
Y en esa búsqueda, figuras como Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo empiezan a representar algo que va más allá de una candidatura: una alternativa. Una posibilidad de recuperar el rumbo sin caer en extremos.
No desde el mesianismo.
Sino desde la sensatez.
Pero más allá de nombres, esta columna no es un llamado político… es un llamado espiritual.
A orar por Colombia.
A poner este país en manos de Dios.
A pedir sabiduría, discernimiento y carácter para lo que viene.
Porque ninguna estrategia será suficiente si no hay propósito.
Y ningún gobierno será estable si no hay principios.
Tal vez ahí está la verdadera enseñanza de esta Semana Santa.
Que antes de cambiar gobiernos… hay que cambiar corazones.
Que antes de exigir resultados… hay que recuperar valores.
Y que antes de elegir líderes… hay que saber hacia dónde queremos ir como país.
Colombia no necesita salvadores.
Necesita conciencia.
Y quizás —solo quizás—, si esta Semana Santa la vivimos de verdad, podamos entender que el futuro del país no se define solo en las urnas… sino también en lo que somos capaces de transformar dentro de nosotros mismos.
Porque al final, entre la cruz y el poder, siempre habrá una decisión.
Y Colombia… está a punto de tomarla.














