Cuando ser humano ya no basta y una generación decide que quiere ser animal

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Por: Aldrin García Balvin – Director de Totus Noticias

Hay algo profundamente revelador en una época donde adolescentes sienten la necesidad de decir que son lobos, perros, gatos o zorros para sentirse completos. Se hacen llamar “therian” y aseguran que no es un disfraz ni un juego: es identidad. No física, dicen. Psicológica o espiritual. Pero identidad al fin y al cabo.

Pero el fenómeno no nació ayer. Viene de comunidades digitales de los años noventa y toma su nombre de therianthropy, la mezcla entre bestia y humano. Lo que cambió no fue la idea. Fue el escenario. Hoy el escenario es TikTok. Y cuando algo entra al algoritmo, deja de ser nicho y se convierte en tendencia.

Aclaremos: no creen literalmente que su cuerpo sea animal. Hablan de una conexión profunda con su “teriotipo”. Pero cuando esa conexión deja el ámbito íntimo y se convierte en performance público —máscaras, colas, movimientos en cuatro patas en parques— ya no estamos ante una experiencia interna, sino ante un fenómeno cultural.

Algunos lo minimizan: “es solo autoexpresión”. Otros lo celebran como diversidad. Pero evitar la pregunta de fondo es más cómodo que enfrentarla: ¿Qué está pasando con nuestra noción de identidad humana?

La adolescencia siempre ha sido etapa de exploración. La diferencia es que hoy la exploración ocurre frente a millones de espectadores y bajo la presión constante de una validación digital. Y el algoritmo premia lo llamativo. Y pocas cosas llaman más la atención que alguien aullando frente a una cámara.

No se trata de burlarse de los jóvenes. Se trata de entender el contexto que los rodea. Una cultura donde la identidad se construye públicamente, donde pertenecer a una comunidad online puede pesar más que el arraigo familiar, y donde la diferencia extrema genera seguidores.

Muchos especialistas hablan de búsqueda de pertenencia. Y probablemente tienen razón. Pero cuando la búsqueda de pertenencia empieza a fragmentar la comprensión básica de lo que somos como especie, la discusión deja de ser anecdótica y se vuelve cultural.

No estamos frente a un simple fandom (comunidad activa de seguidores comprometidos con un interés común) como el mundo furry (subcultura global centrada en el interés por animales antropomórficos). Aquí no se trata solo de arte o personajes. Se trata de jóvenes que describen su identidad interna como no humana. Y eso debería, al menos, invitarnos a reflexionar.

Quizá el fenómeno therian no sea la causa. Tal vez sea el síntoma. Síntoma de una generación hiperconectada, emocionalmente expuesta y muchas veces desconectada de referentes sólidos. Síntoma de una cultura que convirtió la identidad en un escaparate.

La pregunta no es si debemos prohibir máscaras. La pregunta es por qué estamos formando jóvenes que sienten que para ser escuchados necesitan dejar de sentirse humanos.

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