Por: Jairo Hernán Ramírez Gómez
Hoy primero de febrero celebramos los católicos el día de la Alegría, del Camino a la Felicidad y de la Esperanza en Dios, el de las Bienaventuranzas, ese mensaje de Jesús que propone un cambio: humildad en vez de soberbia, misericordia en lugar de dureza, justicia antes que abuso.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”, predica el evangelio, retumba con fuerza como si fuera de hoy, en una sociedad cansada de corrupción, del engaño y del uso del poder para beneficio personal. Las Bienaventuranzas señalan el camino para la paz, la dignidad y la esperanza. Al contrario, la corrupción conduce a la desigualdad, a la desconfianza y al resentimiento social.
Mientras Jesús llama bienaventurados a los que trabajan por la paz, la corrupción rompe la armonía de la sociedad alimentando la injusticia. Son caminos opuestos.
No hay justicia cuando quienes deben servir se sirven del cargo. No es fanatismo rechazar la corrupción, es lo mínimo para una sociedad que quiera llamarse justa.
Las bienaventuranzas conservan su actualidad, nos recuerdan que el poder verdadero está en servir y no en dominar, en actuar con rectitud y compartir, no en acumular a cualquier costo.
Frente a la corrupción se necesita una profunda renovación moral, desde el hogar y la escuela, formando con el ejemplo; desde el gobierno y la justicia, actuando con imparcialidad, severidad y oportunidad. Solo así nos acercamos a la proclama de Jesús y que se refleje también en la vida pública.
TODOS LOS ANTIOQUEÑOS UNIDOS CONTRA LA CORRUPCIÓN
JAIRO HERNÁN RAMÍREZ GÓMEZ
















