Caminemos bajo la luz de la fe

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3er. Domingo de Tiempo Ordinario

Por: P. Miguel Ángel Ramírez González

Cuando hacemos el diagnóstico de nuestra realidad, inmediatamente se oscurece el corazón por el pesimismo, y no solamente por la violencia que es el pan de cada día en nuestra Patria, sino que, además, las personas se sienten aterradas por la posibilidad de una catástrofe mundial. No es de extrañar que las películas de éxito tengan el tema post apocalíptico en todas sus versiones. Y por eso hoy nos preguntamos: ¿Tiene salida nuestro mundo?

En primer lugar, quiero señalar que la historia humana siempre ha sido así, llena de nubarrones y tormentas: guerras, invasiones, líderes civiles y religiosos corruptos y reyes déspotas; sistemas políticos explotadores e ideologías esclavizantes. Es como si las nubes de tormentas y la oscuridad fueran las constantes en la vida de la humanidad, sin embargo, la revelación de Dios nos dice algo novedoso y alegre: nos afirma que existe una luz maravillosa; nos declara que tenemos una meta a la que vamos, y que existe una presencia de gracia y de belleza que nos envuelve.

El Salmo 26 señalaba una frase que define esta afirmación: “El Señor es mi luz y mi salvación”, y luego, ante esta constatación, el salmista añade: “¿a quién temeré?” (Sal 26, 1.4. 13-14). Para luego explicar la razón, ya que “El Señor es la defensa de mi vida,

¿quién me hará temblar?”… Espera en el Señor, sé valiente, te ánimo, espera en el Señor”. Así es, debemos volver nuestras miradas a la luz de Dios y confiar y esperar solo en Él, pues solamente Dios es quien ilumina nuestras vidas, sobre todo porque solamente en Cristo es en donde encontraremos las fuerzas necesarias para caminar dándole sentido a lo que estamos viviendo. Jesús es la “luz de luz”, decimos en el Credo, y luego, encadenada como en un rosario se siguen las verdades de la fe, hasta llegar a la afirmación radical: “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo”. Es decir, Dios no se quedó en las nubes de la eternidad, sino que bajó a nuestra tormentosa vida para llenarnos de su luz y su vida.

Pues bien, basta añadir que esta misma experiencia que vivimos actualmente de desconcierto, pesimismo y desesperanza, la vivía también el pueblo de Israel. San Mateo tiene que señalar la fuerza de la Luz que ha llegado a nosotros a través de Cristo, citando al profeta Isaías: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz brilló” (Mt 4, 16). Y como con los apóstoles, Jesús se presenta a la vera de nuestro camino, y nos llama: “mientras caminaba junto al lago de Galilea”. Pero Mateo añade algo fundamental, Cristo debe convertirse en una realidad tan grande que no busquemos otra cosa sino seguirle tal como lo hicieron los apóstoles. De este modo, estos hombres, dice Juan Pablo II, en una homilía que “experimentaron la fascinación de la luz secreta que emanaba de Él, y sin demora la siguieron para iluminar con su fulgor el camino de su vida. Pero esa luz de Jesús resplandece para todos”. Jesús da sentido a nuestro vivir, dirige nuestro amor, nos sostiene en el trabajo diario y nos acompaña, fortalece y sana en las pruebas, en la enfermedad, y en la muerte.

Pienso que la desazón y desconcierto de muchos de nosotros se debe a que la fe no ha madurado totalmente… creemos, pero no estamos convencidos. Claro, Dios no realizará actos de magia, sino que, en lo que somos y hacemos, tendremos su luz y su gracia, que nos permitirán encontrar el camino correcto.

Por supuesto, Teresa de Ávila, para quien no existía mejor brújula en el camino que Cristo y su Cruz, dice su poema:

«En la cruz está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo.

En la cruz está el Señor de cielo y tierra

y el gozar da mucha paz, aunque haya guerra.

Todos los males destierra de este suelo y ella sola es el camino para el cielo.

Es una oliva preciosa la santa cruz, que con su aceite nos unta y nos da luz.

Alma mía, toma la cruz con gran consuelo. Que ella sola es el camino para el cielo».

Para Teresa, los creyentes deberíamos definirnos desde Jesús, y solamente desde Él y su Cruz bendita.

De Teresa de Avila se cuenta que un hecho que ocurrió en el Monasterio de la Encarnación en Ávila un día que la Madre Teresa bajaba por las escaleras y tropezó con un precioso niño que le sonreía. Teresa, sorprendida por ver a un pequeño dentro del Convento, se dirige a él y le pregunta: «¿Y tú quién eres?». A lo que el niño le responde con otra pregunta: «¿Y quién eres tú?». La Madre le dijo: «Yo soy Teresa de Jesús». Y el niño, con una amplia y luminosa sonrisa, le dice: «Pues, yo soy Jesús de Teresa».

Tiene razón Teresa, solamente si somos totalmente de Cristo y Él entra en nuestras vidas y las define, es que podremos entender lo que pasa en este mundo, y ver cómo podemos convertirnos en luminarias y regalar a los otros la luz, que es de Él.

Por desgracia, es común que la fe la coloquemos en un rincón de la vida, sin darle importancia. Yo la llamo “la fe aspirina”, que usamos solamente cuando nos duele algo. Pero no debe ser así, la fe es para vivirse y crecer en ella. Por la poca fe, no es de extrañar que, cuando llega la oscuridad, cuando los problemas surgen, cuando el mal es tan denso que casi se puede tocar, cuando la vejez nos sube por los huesos, muchos preferimos asumir los criterios del mundo y no los de Dios; preferimos lamentarnos y llorar en la oscuridad que iluminarnos con la luz de Dios.

Nuestros enemigos en la fe son las preocupaciones, los afanes y las ansiedades, que son reforzadas por la situación que estamos viviendo en el mundo de hoy. Vivimos lo que los textos del Nuevo Testamento llamaban “mérimnah”, que significa preocupación, afán y ansiedad; significa aquello que divide, lo que distrae la mente y lo que hace que el corazón de la persona se llene de pesar y tristeza; también se usa para describir una preocupación y cuidados nocivos y dañinos, que llamamos “AFÁN”. Palabra que usa San Marcos cuando afirma que no acogemos la Palabra de Dios en nuestro interior debido a que “las preocupaciones del mundo, las seducciones del dinero y la codicia de todo lo demás los invaden, ahogan el mensaje, y este queda sin fruto” (Mc 4, 19). Jesús pide confianza a Marta de Betania que “andaba inquieta y preocupada por muchas cosas” (Lc 10, 41). Después Pedro, en tarea de pastor de la Iglesia, les dice a los cristianos de todos los tiempos: “¡Echen sobre Dios lo que origine en ustedes ansiedad!” (1 Pe 5, 7).

Pero, cuando por la fe retomamos la calma, suceden cosas interesantes:

  1. En la calma podemos descubrir la presencia silenciosa de Dios.
  2. En la calma podemos entender cuál nuestra misión, que a veces tiene que pasar por momentos difíciles u oscuros.
  3. La calma en la mente nos devuelve control sobre nosotros mismos y sobre lo que hacemos, distinguiendo el bien por hacer y el mal a evitar.
  4. La calma nos enseña a vivir en paz con nosotros y con los demás.

Esto que señalamos, además de que es el deseo de Jesús para caminar en la fe, los santos verdaderos lo descubrieron, y hablaron de ello. Cito algunos ejemplos:

  • «Los grandes obstáculos contra la santidad son la ansiedad y el desaliento». (Jesús dijo a Santa Faustina; del Diario de Santa Faustina)
  • «La ansiedad es el mayor mal que puede caer sobre un alma, excepto el pecado». (San Francisco de Sales)
  • «Vive feliz. Te lo suplico. Vive en paz. Que nada te turbe. Que nada sea capaz de quitarte tu paz… Y en el fondo de tu alma coloca, antes que nada, como fuente de energía y criterio de verdad, todo aquello que te llene de la paz de Dios… Te lo aseguro en nombre de las leyes de la vida y de las promesas de Dios». (P. Teilhard de Chardin)
  • «Guárdense de la ansiedad y de las inquietudes, porque no hay cosa que impida tanto el caminar hacia la perfección» (Padre Pío).
  • «No te preocupes por cosas que generen preocupación, ansiedad y alteración. Solo una cosa es necesaria: animar el espíritu y amar a Dios» (Padre Pío).
  • «El ayer ya no está. El mañana no ha llegado. Solo tenemos el hoy. Empecemos» (Sta. Teresa de Calcuta).
  • «Lo que realmente importa en la vida es que somos amados por Cristo y que lo amamos de vuelta. En comparación con el amor de Jesús, todo lo demás es secundario» (Sn. Juan Pablo II).

Dios nos pide por eso una fe profunda y confianza de que Él estará siempre iluminando nuestras vidas y nuestros pasos; pide que caminemos iluminados por su luz. Y llegará un día que esa luz que recibimos de Dios, la usaremos para darla a los otros, a todos aquellos que vienen siguiendo el camino de la vida.

Haciendo una perífrasis de una antiquísima oración a la Virgen del Carmen, podemos orar este día diciendo:

«Tengo mil dificultades:

Señor, ayúdame.

De los enemigos del alma: sálvame.

En mis desaciertos:

ilumíname.

En mis dudas y penas:

confórtame.

En mis enfermedades:

fortaléceme.

Cuando me desprecien:

anímame.

En las tentaciones:

defiéndeme.

En horas difíciles:

consuélame.

Con tu corazón paternal: ámame.

Con tu inmenso poder:

protégeme.

Y en tus brazos al expirar:

recíbeme, Señor. Amén.

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