Por: P. Miguel Ángel Ramírez González
Frente una crisis política terrible y frente a un pueblo que perdía la confianza y la fe en Dios, Isaías miró en el horizonte de la historia, y pudo ver que el camino de Dios llegaría al punto más importante de la historia de su pueblo y de la historia humana, gracias al nacimiento de un niño, sucesor de David, y esperanza de toda la humanidad: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció. Engrandeciste a tu pueblo e hiciste grande su alegría. Se gozan en tu presencia como gozan al cosechar […] Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva sobre sus hombros el signo del imperio y su nombre será: “Consejero admirable”, “Dios poderoso”, “Padre sempiterno”, “Príncipe de la paz” (cf. Is 9, 1-3. 5-6).
Por su parte, San Lucas señala que, en el corazón mismo de la historia, en el lugar más remoto de la tierra y en el silencio más impresionante de la noche, la Palabra de Dios resonó en la vida de todos los hombres. Se trataba de una noticia única, alegré, novedosa: “El ángel les dijo: “No teman. Les traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,01-14).
El hijo de Dios vino como salvador de la humanidad. Jesús, todo Él, su vida, sus palabras, sus milagros, su muerte y su resurrección son LO QUE DIOS QUERÍA DECIRNOS; y lo que quiere decirnos es que nos ama infinitamente. Por eso la Navidad se convierte en el recordatorio de que no caminamos solos por la vida, y que Él no se olvida de todos y cada uno de nosotros.
Dice el Padre Martín Gelabert Ballester que Jesús “es la cara humana de Dios”. Luego añade que si el querer ser como dioses es la expresión más declarada de la soberbia humana (como relata el Génesis), QUE DIOS QUIERA SER HOMBRE ES LO MÁXIMO DE LA HUMILDAD Y EXPRESIÓN DE UN AMOR QUE NO PODEMOS MEDIR.
De esta manera, el mensaje en Navidad no puede ser otro que éste:
Alegría por descubrirnos amados de esta manera por Dios. Mientras los políticos y los noticieros se empeñan en darnos alegrías pesimistas, mientras la propaganda comercial quiere reducir la Navidad al personaje ridículo de Santa Claus y a una experiencia sentimental, el Evangelio nos dice que Navidad es que Dios nació hombre. Nos dice que la Gloria de Dios y su omnipotencia se refleja en la frase más maravillosa del evangelio: “encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.
Nuestra respuesta debe de ser de agradecimiento, de asombro, de profundo amor a Dios y a sus designios, y, sobre todo, de alegría.
Alegría para los niños que acaban de nacer, y para los ancianos que en estos días nos preguntamos si llegaremos a las navidades del año que viene.
Alegría para los que tienen esperanza y para los que ya la han perdido.
Alegría para los abandonados, por los enfermos que están en cama, los que no tienen familia.
Alegría para las madres de familia que en estos días estarán más cansadas de lo habitual, y para muchos hombres que a lo mejor en estos días se olvidan un poquito de ganar dinero y descubren que hay cosas mejores en el mundo.
Alegría para los que hemos perdido un ser amado porque nos recuerda que Navidad es el inicio de nuestra filiación con Dios, y que nuestros muertos ya están en la Casa del Padre gozando de su luz y su paz… Que se nos han adelantado.
Alegría, sí, alegría para todos.
Alegría, porque Dios se ha vuelto loco y ha plantado su tienda en medio de nosotros. Alegría, porque Él, en Navidad, trae alegría suficiente para todos.
Con frecuencia oigo a algunos amigos que me dicen que a ellos no les gusta la Navidad; que la Navidad les pone tristes, porque les trae muchos recuerdos que les llevan a la tristeza. Y, mirada la cosa con ojos humanos, tal vez nos de un poquito de tristeza por ese motivo,
pero es tristeza que debe de ser vencida por la fe y la esperanza. La Navidad es el tiempo de la ternura y de la familia y todos los que tenemos una cierta edad, vemos cómo en estos días sube a los recuerdos la imagen de los seres queridos que se fueron. Recordamos las navidades que pasamos con nuestros padres, con los hermanos, con los que fallecieron, y parece que dolieran más esos huecos que hay en la mesa familiar. No podemos evitar eso.
Sin embargo, creo que mirando la Navidad con ojos cristianos son infinitamente más las razones para la alegría que esos rastros de tristeza que se nos meten por las rendijas del corazón. Por de pronto en Navidad descubrimos más que en otras épocas del año que Dios nos ama, y ese es el sentido real de esta fiesta.
La verdad es que para descubrir ese amor de Dios hacia nosotros en cualquier fecha del año basta con tener los ojos limpios y el corazón abierto. Pero también es verdad que en Navidad el amor de Dios se vuelve tan apabullante que haría falta muchísima ceguera para no descubrirlo. Y es que en Navidad Dios deja la inmensidad de su gloria y se hace bebé para estar cerca de nosotros.
Se ha dicho que los hombres podemos admirar y adorar las cosas grandes, pero que amarlas, lo que se dice amarlas, sólo podemos amar aquello que podemos abrazar.
Por eso al Dios de los cielos podemos adorarle, y al pequeño Dios de Belén es fácil amarle, porque nos muestra lo mejor que Dios tiene, su hacerse pequeño, su capacidad de hacerse niño por amor a los pequeños. Y éste sí que es un motivo de alegría: un Dios hermano nuestro, un Dios digerible, un Dios vuelto cercanía total, un hermoso tipo de Dios que los hombres nunca hubiéramos podido imaginar si Él mismo no se hubiera puesto en los brazos de María.
Y si en Navidad descubrimos que Dios nos ama y que podemos amarle, podemos también descubrir cómo podemos amarnos los unos a los otros.
Estarán de acuerdo que lo mejor de la Navidad es que en esos días todos nos volvemos un poco niños y, consiguientemente, se nos limpian a todos los ojos. Durante el resto del año todos miramos con los ojos cubiertos por las telarañas del egoísmo. Nuestros prójimos se vuelven nuestros competidores. Y vemos en ellos, no al hermano,
sino al enemigo potencial o real. Pero la Navidad hasta ha detenido guerras.
Sin embargo, es una pena que poco a poco la fiesta sea algo más comercial que un momento de fe. Más un festejo de amigos que encuentro de familias y de corazones.
Es por eso por lo que debemos preguntarnos: ¿Qué debemos buscar de verdad en la Navidad? Debemos buscar la gracia desbordada de Dios que nos ha dado en Cristo. Una gracia y un amor tan inconcebible, que lo único que podemos hacer es llenarnos de alegría.
Por eso, hermanos, déjenme que les pida que en estos días no se refugien ustedes en la nostalgia. No miren hacia atrás. No se espanten por la pandemia. Contemplen el presente. Descubran que a su lado hay gente que los ama y que necesita su amor. Si lo hacen, también en sus corazones será Navidad.
Y si ya “cargamos pilas” de felicidad para el año venidero, pues qué mejor que escuchar las palabras que el Papa Francisco dijo hace algunos años sobre el tema de la felicidad:
“Puedes tener defectos, estar ansioso y vivir irritado algunas veces, pero no te olvides que tu vida es la mayor empresa del mundo…
Me gustaría que recordaras que ser feliz, no es tener un cielo sin tempestades, camino sin accidentes, trabajos sin cansancio, relaciones sin decepciones.
Ser feliz es encontrar fuerza en el perdón, esperanza en las batallas, seguridad en el palco del miedo, amor en los desencuentros.
Ser feliz no es sólo valorizar la sonrisa, sino también reflexionar sobre la tristeza. No es sólo celebrar el éxito, sino aprender lecciones en los fracasos…
Ser feliz es reconocer que vale la pena vivir la vida, a pesar de todos los desafíos, incomprensiones, y períodos de crisis.
Ser feliz no es una fatalidad del destino, sino una conquista para quien sabe viajar para adentro de su propio ser.
Ser feliz es dejar de ser víctima de los problemas y volverse actor de la propia historia.
Es atravesar desiertos fuera de sí, mas ser capaz de encontrar un oasis en lo recóndito de nuestra alma. Es agradecer a Dios cada mañana por el milagro de la vida.
Ser feliz es no tener miedo de los propios sentimientos. Es saber hablar de si mismo. Es tener coraje para oír un «no». Es tener seguridad para recibir una crítica, aunque sea injusta.
Es besar a los hijos, mimar a los padres, tener momentos poéticos con los amigos…
Ser feliz es dejar vivir a la criatura libre, alegre y simple, que vive dentro de cada uno de nosotros.
Es tener madurez para decir: *’me equivoqué’*. Es tener la osadía para decir: *’perdóname’*.
Es tener sensibilidad para expresar: *’te necesito’*. Es tener capacidad de decir: *’te amo’*.
Que tu vida se vuelva un jardín de oportunidades para ser feliz… Que en tus primaveras seas amante de la alegría.
Que en tus inviernos seas amigo de la sabiduría.
Y que cuando te equivoques en el camino, comiences todo de nuevo.
Pues así serás más apasionado por la vida.
Y descubrirás que ser feliz no es tener una vida perfecta, Sino usar las lágrimas para regar la tolerancia.
Usar las pérdidas para refinar la paciencia. Usar las fallas para esculpir la serenidad.
Usar el dolor para lapidar el placer.
Usar los obstáculos para abrir las ventanas de la inteligencia.
Jamás desistas…. Jamás desistas de las personas que amas. Jamás desistas de ser feliz, pues la vida es un espectáculo que no podemos perder!»
Hoy nació la alegría, hoy es Navidad, hoy Dios se hizo hombre por nosotros…















