Lo que está en juego en Colombia

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Por: Juan José Gómez

En Colombia, cada elección presidencial se anuncia como decisiva. Los dirigentes, los partidos y los medios insisten en que el futuro de la Patria depende de esa jornada. Y no es un recurso retórico vacío: la Constitución confiere al presidente un poder excepcional, pues concentra tres dignidades en una sola persona: Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Suprema Autoridad Administrativa. A ello se suma su condición de Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, lo que le otorga un papel casi imperial en la conducción política, administrativa y militar del país.
Durante más de dos siglos de régimen presidencial, los colombianos hemos visto desfilar mandatarios de temperamentos diversos, doctrinas disímiles y estilos de gobierno contrastantes. Algunos fueron más cercanos al liberalismo, otros al conservatismo, unos más inclinados al pragmatismo económico, otros al populismo discursivo. Sin embargo, todos pertenecieron a una élite política o militar y, en general, se mantuvieron dentro de los límites que imponían los principios fundamentales de nuestro sistema: Libertad y Orden.

Nunca, hasta tiempos recientes, se había visto una inclinación tan marcada hacia la izquierda radical. La llegada de Gustavo Petro a la presidencia significó un giro ideológico que cuestionó pilares esenciales como la propiedad privada, el libre mercado y la familia como núcleo insustituible de la sociedad. Su proyecto, acompañado por figuras como Iván Cepeda, ha despertado temores legítimos en amplios sectores, pues se percibe como una amenaza a la estabilidad institucional y económica.

Una disyuntiva histórica

Las elecciones de 2026 no son una más en la larga lista de comicios presidenciales. En esta ocasión, se enfrentan dos doctrinas que se excluyen mutuamente. De un lado, un proyecto estatista y populista, con riesgos evidentes de autoritarismo, en connivencia con grupos armados que buscan legitimidad política y con discursos que promueven divisiones étnicas y sociales. Este modelo, además, se acompaña de normas restrictivas de la libertad individual, de la patria potestad y de la educación de los hijos, con complementos ideológicos como el aborto libre y la imposición de la llamada ideología de género.
Del otro lado, se levanta una propuesta democrática, defendida por sectores de derecha y centro derecha, que reivindica la libertad dentro del orden, la defensa de la propiedad privada, el respeto a la familia y un Estado austero, limitado a lo indispensable. Esta visión, representada por Paloma Valencia y Abelardo De la Espriella, busca recuperar la confianza en las instituciones y garantizar un desarrollo económico sostenible, sin derroches ni aventuras populistas.

La responsabilidad de los líderes

La responsabilidad de quienes encarnan esta segunda opción es inmensa. No basta con competir en la primera vuelta; deberán mantener la unidad y la disciplina, conscientes de que la victoria no será de un partido ni de un candidato, sino de la República misma. La historia latinoamericana ofrece ejemplos dolorosos: Cuba, Venezuela y Nicaragua son países que, seducidos por el estatismo, terminaron atrapados en la miseria y la desesperanza. Chile, en su reciente experiencia, también mostró cómo el populismo radical puede poner en riesgo la estabilidad de una nación.
Por ello, Paloma y Abelardo deben abstenerse de causarse heridas entre sí. La confrontación interna sería un regalo para sus adversarios y podría significar la derrota no de un proyecto político, sino de la esperanza de millones de colombianos. La unidad, la cooperación sincera y el respeto mutuo son condiciones indispensables para que el pueblo confíe en ellos y los respalde en las urnas.

El papel del ciudadano

No obstante, la suerte de Colombia no depende únicamente de los acuerdos entre líderes. Cada ciudadano tiene en sus manos la decisión. El voto no es un trámite burocrático ni un gesto rutinario: es un acto de amor a la Patria y de defensa de la libertad. En esta elección, más que nunca, se requiere conciencia, responsabilidad y valentía.
El país enfrenta una encrucijada histórica. Optar por el populismo estatista sería abrir la puerta a la desgracia que ya han vivido otros pueblos. Apostar por la democracia liberal, en cambio, significa preservar la libertad, fortalecer la familia y garantizar un desarrollo económico que respete la dignidad humana.

Conclusión

Lo que está en juego en Colombia en 2026 es la continuidad de un sistema de libertades frente a la amenaza de un modelo que ha demostrado su fracaso. No se trata de la suerte de un partido ni de un candidato, sino de la suerte de la República misma. Que cada colombiano, cuando llegue el momento de depositar su voto, recuerde que está decidiendo entre dos caminos irreconciliables: el de la libertad y el orden, o el de la tiranía y la miseria.

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