Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal
Yo no sé si Bancolombia tiene una junta directiva capaz de asumir responsabilidades o de achacárselas a sus funcionarios. Lo que sí sé es que Bancolombia es el banco colombiano que más clientes tiene y que cualquier equivocación o falla continuada en sus servicios genera un traumatismo nacional.
Yo tampoco sé, y quizás muy pocos colombianos lo saben, quiénes sean los proveedores de las distintas funciones de internet de ese banco, y si son chinos, indios o de la IBM; pero lo que sí sabemos es que la embarrada de Bancolombia esta semana produjo una profunda grieta en el sistema Bre-B, que terminó por arrastrar a las otras entidades que, bajo la tutela del Banco de la República, instalaron ese procedimiento ágil para los pagos entre bancos.
Yo no sé si la Superintendencia Financiera todavía ejerce funciones sobre los bancos que operan en Colombia. Lo que sí sabemos todos los colombianos es que, durante los días de la crisis de Bancolombia, nos sentimos totalmente desprotegidos por parte del gobierno que, teóricamente, debe regular el sistema bancario nacional y, por ende, debe protegernos a los usuarios.
Pero como resulta que las fallas en los procedimientos de Bancolombia vienen de tiempo atrás y se agudizan cada que hacen los paros de madrugada para actualizar sus vértebras digitales, y como también sabemos muy bien que un error repetido y dañino que afecte la confianza de los clientes debe ser respondido por quien la preside y por quienes le ayudan en su gestión, uno no alcanza a entender la frescura inmarcesible de las directivas del banco, que ni siquiera se mosquean para redactar informes caritativos a sus 20 millones de usuarios, sino que prefieren el vocabulario de los déspotas soberbios para anunciar las crisis que sufren y se abstienen de dar detalles.
Claro, Bancolombia es una empresa privada y no tiene por qué contarnos a sus usuarios cómo y quién la embarró de esa manera. Entre ricos, las cosas son así.

















