VI Domingo de Tiempo Ordinario
Por: P. Miguel Ángel Ramírez González
Para entender el texto de San Mateo (Mt 5, 17-37) de este domingo, en donde Cristo habla del amor que perdona, del amor que adora a Dios amando al prójimo, del que no lleva su ofrenda a Dios sin estar en paz con el prójimo, del amor conyugal fiel hasta con el pensamiento. Todas las formas de amor que reflejan una única fuente, Dios mismo a quien reconocemos como el primero que nos ha amado.
Los textos del evangelista Mateo, que escuchamos los domingos anteriores, hablaron de las bienaventuranzas, como la nueva ley del Reino de Dios, ahora expresa todo esto de forma muy concreta y realista: La relación con Dios pasa por el amor al prójimo de formas distintas.
Recordemos, en primer lugar, que el anuncio del Evangelio es realmente una novedad tan grande, que el AT y toda práctica de fariseísmo quedaron superados unos y derogados los segundos. Por eso Pablo se atreve a decir que predica el evangelio que es “una sabiduría divina, misteriosa”, y que tiene por meta “conducirnos a la gloria” (cf. 1 Cor 2, 6-10).
San Mateo, en una sola colección, juntó varios dichos de Jesús, para afirmar que Cristo los dijo en el “monte”, evocando al Sinaí y creando el praralelismo entre Moisés y Jesús; sólo que Jesús es el guía supremo, pues Cristo NO vino a abolir la Ley o lo Profetas, sino para llevarlos a la plenitud (cf. Mt 5, 17).
El pasaje de este domingo es muy largo y ameritaría una reflexión parte por parte. Pero hoy quiero detenerme en un fragmento pequeño, pero que ha sido mal comprendido y, peor aún, mal vivido. Nos referimos a las actitudes frecuentes de nosotros hacia los demás, es decir, la crítica y la ofensa. Dice en el versículo 22 del Capítulo 5 de Mateo:
“¡Quien dice al hermano: ‘Rakái’ deberá someterse al Sanedrín.
Quien le dice: ‘Môré’,
será destinado al fuego de la Gehena”.
¿Por qué me parece más importante detenernos en estas palabras? La respuesta es que, en estos tiempos, hemos sido testigos de las más grandes atrocidades en contra de los seres humanos. Pensemos en el aborto, pensemos en las guerras y los campos de concentración; pensemos en las purgas de los sistemas socialistas; pensemos en el poder económico ejercido en contra de los más pobres a quienes se consideran por nuestro sistema, desechables e inútiles. Además, si Cristo nos trajo una revolución, al parecer este cambio del corazón no lo hemos logrado al paso de los dos mil años, y ahora que desaparece
paulatinamente el cristianismo en occidente, es más que evidente la aparición de la Civilización de la Muerte.
¿Por qué debemos hablar del amor? En el lejano 1988 apareció un librito de título “Sólo el amor es digno de fe”, de la pluma del, tal vez más grande teólogo del siglo XX, Urs Von Balthasar. Allí señalaba que, mientras las religiones, del color que sean, buscan lo divino y hablan de la divinidad de manera muy humana, el cristianismo se entiende lo contrario, es decir cómo Dios habla al hombre: Afirmacmos que Dios “dice” su Palabra Divina desde la encarnación, señalando lo que es el hombre para Él, y lo que el cristiano debe vivir para conocerlo. Desde entonces, al ver la Cruz del Salvador, el cristiano comprende lo que él vale a los ojos de Dios (pues se entregó por “mí”, dice Pablo), pero también descubrimos que nuestra fe es tan pobre que no hemos podido amar como Jesús, dando la vida por el hermano, ni tampoco siguiendo sus pasos hasta la cruz; somos cristianos de rezos, pero no de amor.
Luego de haber leído el librito de Balthasar, descubrí que mi fe es pequeñísima, frágil, egoísta, que ni siquiera es una pequeña flama. Por eso el hombre necesita conversión constante, dejándose transformar por el misterio del amor de Dios.
Recuerdo que dijo una frase que me dio vueltas en la cabeza por mucho tiempo; decía Balthasar: “Solo en la santidad de Dios, es santo el hombre”, y yo añadía que solamente hundiéndonos en el amor de Dios es que podemos amarlo a Él y al prójimo.
Es verdad. Jesús conoce el corazón del hombre y sabe que el pecado de los primeros padres ha hecho que no solamente rompamos la relación con Dios, sino que las relaciones entre nosotros, por el pecado original, sean destructivas, viciadas, superficiales y hasta asesinas, tanto de pensamiento como de obra.
Pero volvamos al texto. La primera palabra “raká” denota en hebreo el significado de “estúpido”, “cabeza de chorlito” o “cabeza hueca”, como gesto agresivo y ofensivo. El segundo, “moré”, en cambio, la palabra en griego significa “insensato”, “tonto de remate” y hasta “loco”. Sin embargo, la palabra en hebreo expresa algo más grave (y que seguramente Jesús lo expresó así): caracterizaba la impiedad religiosa, la apostasía idolátrica, y hasta algo así como calificar a alguien como “renegado”, ofensas gravísimas para un judío de esos tiempos.
Ahora bien, el texto no remite al pasado, sino que la crítica mordaz e hiriente es expresión común en todos nosotros, y que hunde sus raíces en el corazón humano herido por el pecado, pues CONLLEVAN ODIO Y DESPRECIO HACIA EL PRÓJIMO.
Pero, dando un paso más, nos preguntamos: según el juicio de Jesús, ¿ameritaban por estas palabras ir al Sanedrín a juicio, o hasta el mismo infierno o Gehenna, como señala Jesús?
Debemos recordar que Cristo es radical en su llamado al seguimiento, aunque también se vale de la paradoja para resaltar un aspecto de algo que es importante. Tal vez lo que quiso afirmar es que la fuerza del amor al prójimo es una exigencia radical en el camino de la fe. CRISTO IMPULSA AL DISCÍPULO A UNA ACTITUD TOTAL Y ABSOLUTA DE FIDELIDAD QUE NACE DEL CORAZÓN Y DEL AMOR, Y NO DE LA CONSECUENCIA DE SIMPLES ACTOS RELIGIOSOS QUE, UNA VEZ CUMPLIDOS, CIERRAN EL CAPÍTULO DEL COMPROMISO DE FE CON DIOS.
Es como el amor de los papás a los hijos, que no se limita a unas horas del día o de la semana, sino que abarca la totalidad del tiempo y de la existencia.
No debe, por tanto, existir en nuestros corazones grieta alguna, por pequeña que sea, en contra del amor al prójimo. No solamente se deben evitar los actos graves como la violencia física o el homicidio, sino que el amor, el perdón, la ayuda, y hasta la buena educación deben abarcar la totalidad del tiempo y de la existencia de cada día.
Es por eso que el tejido del texto que nos presenta Mateo es como un llamado a un amor diferente en todas sus formas, nace de nuestra relación que debe ser verdadera con Jesús. “Han oído que se dijo a los antiguos: ‘no matarás; quien mate será sometido a juicio’. Pero yo les digo: “Quien se irrite con el propio hermano será sometido a juicio…”, y continúa Jesús, afirmando que nos toma muy en serio nuestra forma de amar, de perdonar, de ser fieles a la promesa de amor.
Porque Dios no es indiferante a nuestras acciones, lo expresa la primera lectura del Eclesiástico: “los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impune a los mentirosos” (Eclo 15, 20-21). Bajo esa luz entendemos la advertencia que daba Juan de la Cruz a las religiosas: “en el atardecer de la vida seres juzgados por el amor”.
Tal vez deberíamos considerar lo que acostumbramos rezar, pues Dios nos escucha y nos toma en serio. Orar es estar frente a Dios, pero de nuestra parte, LA ORACIÓN SE CONVIERTE EN UN COMPROMISO DE HACER LO QUE SE REZA.
Por ejemplo, el Pater Noster coloca a la persona en la justa perspectiva, pues debe adorar a Dios, a quien reconoce como Padre, Señor de todo, y sabe que debe hacer su voluntad siempre. Reconoce las necesidades de cada día, sobre todo el pan necesario para vivir, y al final expresa su seguridad de ser perdonado por Dios, pero “como” nosotros vivimos el perdón de cada día.
Al paso de los siglos hemos ido separando la fe de la caridad, al punto que nos parecemos más a los fariseos que a los cristianos de los primeros tiempos. Pero la Biblia señala
que la fe tiene un “verificador” que es el modo en que amamos. Jesús lo expresa al decir que no solamente debemos cumplir los mandatos, sino enseñarlos, “para ser grande en el Reino de los Cielos”.
León Tolstoi fue un cristiano un tanto fanático, pero nos dejó una cantidad de historias ejemplares muy bellas. En una de ellas nos cuenta la historia de un zapatero que, después de su trabajo, al regresar por la noche a casa, encontró a un hombre andrajoso a las puertas del templo, y como era la fiesta de Navidad decidió llevarlo a su casa. Cuando la esposa los vio, junto a la sorpresa por el invitado, le vino el enojo, sobre todo porque la cena era poca. En la medida en que la mujer multiplicaba sus asperezas, el hombre se hacía más pequeño y se afeaba más y más. A cada crítica o palabra hiriente que la mujer decía al esposo, el rostro del personaje se arrugaba paulatinamente y se iba haciendo más chiquito.
La mujer era, sin embargo, buena cristiana, así que cambió la actitud hacia el personaje, pues recordó: “¡Era Nochebuena!” Y empezó a dar de comer con alegría al mendigo y a tratarlo con amabilidad, repartiendo con el mendigo los pocos bienes. El desconocido empezó a crecer en tamaño y hermosura. Cada vez tenía mejor aspecto.
Dice Tolstoi al final de la historia, que se trataba de un ángel que había caído del Cielo, y por eso es que no podía vivir sino en una atmósfera de bondad, de cariño y amor.
La historia de Tolstoi la recordé después de ver un documental sobre un experimento que hicieron por los años 50 en Estados Unidos. Decidieron dar de comer y cuidados a un grupo de bebés, repartidos en dos grupos. Pero a un grupo, además del alimento, le daban cariño, palabras de aliento, los acariciaban; pero al otro grupo se limitaban a dar solamente alimento y cuidados. El segundo grupo empezó a languidecer física y mentalmente. La conclusión del estudio fue que el hombre, desde que nace, necesita del amor, no solamente de palabras, sino de actos que en el día a día nos van haciendo crecer y ser mejores.
Lo mismo nosotros. Somos mejores en una atmósfera de cariño, de alegría, de comprensión y sin críticas hirientes. Jesús pedía que creáramos el clima de caridad y de benevolencia en la que los demás sintieran de forma palpable el amor para poder mejorar. Esta actitud es posible si, en primer lugar, nuestros juicios sobre los demás son positivos. Cuando aprendemos a juzgar a los demás con medida ancha, procurando ver lo mejor en ellos, y no lo peor; cuando, procurando ver siempre la parte positiva de cada uno, es que lograremos hacer vivo el evangelio.
Vivir así es parecernos a Jesús, que vio en los demás no a pecadores, ni agente malvada, sino a hermanos que necesitaban sentirse amados y perdonados; hermanos a los que solamente el amor extremo podría darles la salvación. Por eso Teresa de Calcuta veía el amor como la realidad que transforma a los hombres, por lo que pedía a sus religiosas que no se dieran por vencidas en el ejercicio del amor, aunque no las comprendieran. En un letrero que colocó en la pared de la Casa para Niños en Calcuta (Shishu Bhavan) decía:
Las personas son irrazonables, ilógicas y egoístas, “AMALAS DE TODAS MANERAS
Si haces el bien, te acusarán de tener motivos egoístas, HAZ EL BIEN DE TODAS MANERAS
Si tienes éxito ganarás falsos y verdaderos enemigos, TEN EXITO DE TODAS MANERAS
El bien que hagas se olvidará mañana, HAZ EL BIEN DE TODAS MANERAS
La honestidad y la franqueza te hacen vulnerable, SE HONESTO Y FRANCO DE TODAS MANERAS
Lo que te tomó años en construir puede ser destruido en una noche, CONSTRUYE DE TODAS MANERAS
La gente de verdad necesita ayuda pero te podrían atacar si lo haces, AYUDALES DE TODAS MANERAS
Dale al mundo lo mejor que tienes y te patearán en la cara,
DALE AL MUNDO LO MEJOR QUE TIENES DE TODAS MANERAS”.
De ese letrero señalaba Teresa:
“El amor llega a aquel que espera, aunque lo hayan decepcionado, a aquel que aun cree, aunque antes haya sido traicionado, aquel que todavía necesite amar, aunque haya sido lastimado y aquel que tiene el coraje y la fe para construir la confianza de nuevo.”

















